«Este Madrid caprichoso…

Un Madrid entusiasta en la afirmación de mismo»

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Ante ciertas tendencias «particularistas» que nos presentan un Madrid arrogante o insolidario, un Madrid que se atribuye en exclusiva la representación de España y busca enfrentarse con tirios y troyanos, no estará de más releer lo que escribió Menéndez Pidal hace más de medio siglo, ofreciéndonos la descripción de una villa con personalidad fuerte, pero amigable, no divorciada de su entorno, y en la que pueden coexistir antagonías varias.

Ramón Menéndez Pidal evoca y retrata la villa en que vivió más de ochenta años

Difícil es comprender este Madrid caprichoso. Se vio en el siglo XVI, por voluntad de Felipe II, convertido en la corte del mayor imperio del mundo, y nunca quiso dejar de ser villa, no quiso llamarse ciudad, siempre gustó unir lo regio y lo popular amigablemente.

El Madrid de Lope de Vega a la vez que glorificaba las hazañas caballerescas de sus grandes, exaltaba atrevidamente el honor del villano de la aldea en Peribáñez y en Fuenteovejuna. Con más íntima unión en el Madrid pintado por Goya, vemos unos reyes y unos nobles, no alrededor del trono, sino en aire familiar, y un pueblo representado en muy variadas actitudes, unas plácidas, festivas, grotescas, diabólicas, otras trágicamente heroicas.

También el Madrid del siglo pasado, el que yo conocí, cuando hace ochenta años me vine a vivir a él, era corte y villa que no llegaba al medio millón de habitantes; era un Madrid entusiasta en la afirmación de sí mismo, celebraba apasionadamente su propio retrato, tanto en los altos conflictos morales representados en los dramas de Echegaray y de Galdós como en las escenas de picardía y dignidad chulescas, prodigadas en las zarzuelillas de Ricardo de la Vega, López Silva y demás, que en alas de la gracia musical de Chueca, Chapí, Bretón, revoloteaba hasta los teatros de Berlín, Amsterdam o Atenas.

El Madrid de hoy, el de dos millones y tercio de habitantes. ¿Ha dejado al fin de ser villa? No lo creo. Todavía se percibe cierta caballerosidad de la corte regia, mezclada a la obsequiosa afabilidad de la modesta villa. Y por último, este Chamartín donde vivo, aunque invadido por los rascacielos, aun conserva rincones de villa campestre.

Madrid, 5 de julio, 1963.

(Texto publicado en Merian. Das Monatsheft der Städte und Landschaften, 1963, núm. 11, p. 23; adapt.)