Un reciente, bien documentado e interesantísimo artículo de Santiago López-Ríos pone el acento en la perspectiva de Ramón Menéndez Pidal como hombre público y ciudadano. Pese a la imagen y la leyenda —alimentada por el propio don Ramón— del sabio retirado en su rincón, lo cierto es que el estudioso no rehuyó nunca participar en la vida pública y social de la España en que le tocó vivir, y, en efecto, «fue un hombre de acción o, al menos, alguien que no ignoró la prosa de la vida y sus afanes».

En este artículo, López-Ríos documenta intervenciones señaladas de Menéndez Pidal, en las que, ya en 1930, se enfrentó a la política de Primo de Rivera, o su participación en diversos manifiestos que denunciaban la represión y la falta de libertades en la España de Franco. Se centra sobre todo en un curioso intento de captación-manipulación por parte del sector «aperturista» en el tardofranquismo: la creación de un «Premio Nacional de Literatura» que en una de sus secciones llevara el nombre de Menéndez Pidal. La propuesta que se le ofreció, casi como un hecho consumado, fue rechazada de plano por don Ramón.

Ramón Menéndez Pidal en su faceta de hombre público y ciudadano: encontronazos con el poder político

Ramón Menéndez Pidal, Manuel Fraga Iribarne y el Premio Nacional de Literatura de 1963

POR SANTIAGO LÓPEZ-RíOS

Diversas facetas de la trayectoria de Ramón Menéndez Pidal evidencian que, a pesar de cierta imagen de erudito encerrado en su despacho y rodeado de libros, aislado del mundo, fue un hombre de acción o, al menos, alguien que no ignoró la prosa de la vida y sus afanes. Habría que empezar recordando lo más obvio: su investigación filológica se basaba en un intenso trabajo de campo que carecía de precedentes en España. La obra de Menéndez Pidal se fundamenta en una paciente tarea de documentación léxica y de romances de la tradición oral, que él mismo lleva a cabo o supervisa de cerca, aparte de sostenerse en el acopio de un ingente número de datos en bibliotecas y archivos. Asimismo, don Ramón demostró un espíritu nada timorato y algo osado al cruzar el Atlántico a principios del pasado siglo. La primera vez lo hizo como comisario regio para elaborar un informe sobre el contencioso de las fronteras entre Ecuador y Perú (1905). Menos aventureros, pero igual de intensos desde el punto de vista académico fueron otros viajes a Hispanoamérica, Estados Unidos y Europa, de los que da cumplida noticia una exposición del Instituto Cervantes comisariada por Mario Pedrazuela y Sara Catalán (2019).

Hay que admitir, sin embargo, que, siendo un catedrático de autoridad indiscutible, evitó poner en marcha él mismo reformas educativas o involucrarse en ellas. Américo Castro se lo reprochaba con lástima en una carta desde Berlín el 9 de octubre de 1931: «Ojalá venza V. su resistencia a meterse en asuntos universitarios y se decida a poner algo de su tiempo al servicio de una empresa más importante que nunca para el futuro de España» (Castro, 1931). Pero Menéndez Pidal, consciente de los lastres que arrastraba la universidad española –«la burocracia mata la Universidad», le confesaba a Miguel de Unamuno en 1908 (Pérez Pascual, 1998, p. 107)–, prefirió desentenderse de la gestión de su facultad y volcarse, en cambio, en la andadura del Centro de Estudios Históricos. Aparte de esa fructífera responsabilidad y de la dirección de la Real Academia Española, antes y después de la Guerra Civil, nunca le interesó desempeñar puestos de máxima relevancia y exposición pública. Sí fue un intelectual que reaccionó con contundencia frente a los abusos del poder político, empleando para ello su misma herramienta de trabajo: la palabra escrita. Su oposición a la dictadura de Miguel Primo de Rivera supone un precedente de las varias veces en que alzó la voz contra la política oficial durante el franquismo. Y esto, a su vez, explica que no se dejara manipular por Manuel Fraga en 1963, cuando el ministro de Información y Turismo, en un momento en el que resultaba útil sumar apoyos entre escritores, buscó el respaldo del nonagenario sabio al régimen proponiéndole crear un Premio Nacional de Literatura que llevara su nombre.

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