




Miguel del Riego Núñez, canónigo de Oviedo. Retrato incluido en La principal parte del Romancero de Riego… (Londres, 1846).


Richard Heber (1774–1833), «obsessive book collector», «a bibliomaniac if ever there was one»

Bibliotheca Heberiana. Auction Catalogue (primero de los 16 volúmenes, 1834-1837)
Un libro singular de la biblioteca de Menéndez Pidal: El Luciano español (1621) de Herrera Maldonado, y un informe del canónigo Miguel del Riego (1836)
Jesús Antonio Cid
Instituto Menéndez Pidal, UCM & Fundación Ramón Menendez Pidal
La biblioteca que fue de Ramón Menéndez Pidal se custodia actualmente, como es bien sabido, en la Fundación que lleva su nombre: en el mismo lugar y con la misma ordenación que tuvo en vida de sus propietarios. Los fondos conservados suponen si no la totalidad sí la mayor parte del patrimonio bibliográfico reunido durante casi tres cuartos de siglo por don Ramón y María Goyri.
La biblioteca fue para los Menéndez Pidal uno de sus bienes más preciados, al que prestaron la mayor atención en vida y en sus disposiciones testamentarias. Durante su exilio voluntario en la Guerra civil, en Cuba y Estados Unidos, una de las mayores inquietudes de don Ramón era la suerte que podía correr su biblioteca, en paralelo con los desastres generales del país, el derrumbe de la Escuela de Filología tan trabajosamente construida en torno al «Centro de Estudios Históricos», los desgarramientos familiares y otros sinsabores. En marzo de 1937 escribía desde La Habana a Américo Castro:
Ya dije a usted que mis papeles principales creo estén a salvo en Madrid. Mi hermosa biblioteca es lo que más riesgo corre y ¿qué será de mi vejez sin ella? Noticias de enero, las últimas, decían que los bombardeos habían roto todos los cristales de casa, pero que el agua no entraba gracias a las persianas. Pero hay todavía algo más temible: los desmanes y saqueos. En fin, no pensemos en nuestras casas, en medio del hundimiento general (FRMP, Archivo epistolar).
Por fortuna, la biblioteca no sufrió entonces daño alguno, y a partir de 1940, tras su regreso a España, sirvió como base a toda la obra de madura ancianidad de Menéndez Pidal —los «frutos tardíos» que él reivindicó en más de una ocasión—; y otro tanto para los trabajos sobre el Romancero y Lope de Vega que María Goyri emprendió en sus últimos años de vida.
Lamentablemente, la biblioteca sí experimentó mermas de cierta consideración años después. Descontando ocasionales hurtos o libros prestados y no devueltos, hechos que pueden afectar a cualquier biblioteca, las pérdidas más numerosas y graves se debieron a circunstancias, no muy edificantes, del propio entorno familiar de los Menéndez Pidal.
A fines de 2017, llegaron a la Fundación, por diversos conductos, noticias de que una conocida casa de subastas de Madrid ofrecía en un catálogo varios libros con el sello de la Biblioteca de Menéndez Pidal. Amigos y antiguos colaboradores del Seminario Menéndez Pidal nos trasladaron su alarma, acrecentada por la justificada conjetura de que los libros ofrecidos en la subasta podían acaso ser producto de un robo reciente, del que la propia Fundación sería responsable por negligencia en la custodia. Fue fácil comprobar que no era ese el caso: los libros en cuestión faltaban de la Biblioteca de la Fundación desde fecha antigua, y su falta estaba advertida y registrada. Quienes los habían puesto a la venta eran los descendientes de Gonzalo Menéndez Pidal, que había retenido y poseído ejemplares varios de la biblioteca de su padre.
Las últimas voluntades de Ramón Menéndez Pidal respecto a su biblioteca eran inequívocamente claras. En su testamento se dispone que no podría alterarse la unidad de su biblioteca, ni enajenarse ni cederse (Cláusula Sexta, apartado B). Al crearse la Fundación Menéndez Pidal, en la carta fundacional los dos hijos y herederos de D. Ramón Menéndez Pidal constituyeron la Fundación Ramón Menéndez Pidal para cumplir “las obligaciones fijadas por su padre en su testamento” (Expositivo III) y la dotaron con la “Biblioteca completa que fue de Don Ramón Menéndez Pidal” (Otorgando Segundo).
Desde la Fundación el 13-XII-2017, se requirió a los vendedores para que se paralizase la subasta de los ejemplares con el sello de la Biblioteca de Menéndez Pidal, y se solicitó que la Fundación pudiera al menos ejercer la opción de tanteo, y adquirirlos por el precio de salida. Igualmente, se solicitó «conocer el total de los volúmenes de la misma procedencia que se hayan puesto a la venta, y su descripción, y si hay otras casas de subastas o libreros anticuarios que estén gestionando otras ventas de libros que tengan el sello de la Biblioteca de R. Menéndez Pidal». Efectivamente, como se ha sabido posteriormente, se han subastado otros «lotes» de la misma procedencia.
La respuesta de la familia Nuere-Menéndez Pidal, heredera de Gonzalo, consistió en afirmar su derecho de propiedad sobre esos libros y su omnímoda potestad para disponer de ellos. Ello está en notoria contradicción con las cláusulas del testamento de Ramón Menéndez Pidal y la carta fundacional de la Fundación Menéndez Pidal ya citadas, y con la existencia en la propia Fundación de un fichero de libros desaparecidos o «perdidos», elaborado en época de Jimena Menéndez Pidal por las bibliotecarias María Luisa Vázquez de Parga y Carmen Alvarado, en el que no casualmente aparecen descritos los que figuraban en el catálogo de la subasta, y varios otros más —hasta tres centenares de obras— entre los que presumiblemente se cuentan los que están o estuvieron en posesión de la familia Nuere-Menéndez Pidal. Por otra parte, los vendedores no accedieron a que la Fundación ejerciera la opción de tanteo, ni comunicaron información ninguna sobre otros volúmenes ya vendidos o en curso de venta.
Un intento último de impedir la definitiva enajenación de esa parte de la biblioteca de Menéndez Pidal, un requerimiento dirigido a la casa de subastas, fue respondido por la familia —y no por los subastadores— en forma sencillamente inaceptable, por incluir términos pretendidamente intimidatorios. Sin embargo, una vez consumada la subasta y dispersados los ejemplares, no tenía ya objeto proseguir con acciones legales. El desagradable incidente nos permite, al menos, constatar las muy distintas maneras de asumir la herencia intelectual de Menéndez Pidal y María Goyri, y de velar por ella, que han mostrado las dos ramas de sus descendientes. La conducta de Jimena Menéndez Pidal, Diego Catalán y sus hijos ha sido, en cuanto a eficacia y generosidad, digna de una admiración y elogio que, ciertamente, no merece la otra rama.
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En las visitas guiadas que hace tiempo se programan en la sede de la Fundación Ramón Menéndez Pidal, las estancias que contienen la biblioteca son, naturalmente, uno de los puntos centrales de la visita. Se hace siempre la indicación de que Menéndez Pidal no era, en primera instancia, un bibliófilo y que su biblioteca es básicamente una biblioteca de trabajo, en la que los libros se adquirieron o recibieron no en función de su valor como «objeto» sino por su utilidad para los trabajos propios o por el placer de su lectura. En consecuencia, no abundan los ejemplares valiosos por su rareza o sus singularidades tipográficas, ilustraciones y otros rasgos ajenos a su estricto contenido. No existen, pues, muchas de las que los bibliógrafos llaman «piezas» notables, que puedan encandilar a los fruidores de libros raros y curiosos.
Existen, con todo, algunas excepciones, y entre ellas la del ejemplar que vamos a examinar brevemente; un ejemplar notable, por otra parte, por contener una extensa nota manuscrita de un anterior propietario y vendedor, que es figura importante en la historia de la Bibliografía española. El libro en cuestión es el Luciano español. Diálogos morales, útiles por sus documentos. La traducción es de Francisco Herrera Maldonado y fue impresa en Madrid, por la Viuda de Cosme Delgado, en 1621. Aunque no se indique en la portada, la traducción se hizo a partir del latín, como se lee en la aprobación del padre jesuita Bernardino de Villegas. Comprende la traducción de ocho diálogos: El Cínico, El Gallo, El Philopseudes, El Caronte, El Icaromenipo, El Tóxaris, La Virtud Diosa (obra, en realidad, de Leon Battista Alberti), y El Hércules Menipo. Es la más extensa colección de diálogos lucianescos en versión española publicada en el siglo XVII, y solo superada por la de Aguilar y Villaquirán (1617), que incluye casi cincuenta obras del corpus del samosatense, que permaneció manuscrita y ha sido espléndidamente estudiada y editada en fecha aún reciente por Theodora Grigoriadu (Las obras de Luciano samosatense, orador y filósofo excelente. Manuscrito 55 de la Biblioteca Menéndez y Pelayo: edición y estudio, Tesis doctoral, UCM, 2009; https://eprints.ucm.es/10598/1/T31864.pdf).
El ejemplar del Luciano español de Herrera Maldonado de la Biblioteca de Menéndez Pidal (SIGN. 16-A) se encuentra en un razonable estado de conservación; algunas ocasionales pérdidas de papel han sido cuidadosamente restauradas en época antigua y la falta de texto en contadas páginas se ha suplido superponiendo papeles con copia a mano de los fragmentos perdidos en el impreso. El libro contiene algunas anotaciones marginales, en letra del s. XVII, en buena parte cortadas por el encuadernador, que carecen de especial importancia.
Adosada a las páginas de guarda se conserva en el ejemplar una hoja, alargada y doblada, con un texto en inglés, manuscrito por ambos lados, y que aparece firmado y fechado: «May 1836. Miguel del Riego». Del texto se deduce que Riego, que tenía abierta tienda de venta de libros en su propia casa de Londres, redactó esa nota a petición del comprador, ponderando el valor de la obra y la rareza del libro. Reproducimos en facsímil y transcribimos íntegra la nota, en el peculiar inglés de Riego:
This translation of the Eight most celebrated or more moral Dialogues of Lucian, by Franco Herrera Maldonado, I do consider it extremely rare in Spain; so much so that in the last year 22, being myself al Granada, a MS. copy (not very correct one) of the same translation was lended to me by a friend to look at it, recommending me at the same time its merits, and considering it well worth of been published, as it never had before seeing [sic] the public light.
D. Nicolas Antonio mentions this translation, amongst many others more and much esteemed Works of the said Herrera Maldonado.
I may add besides, on the point of his rarety, that this book has not at yet made its appearence amongst the copious and wonderful Collection of that extraordinary Bibliographer or Bibliomane Mr Heber; in whose searching gatherings and learned hands almost all the Treasures and Rareties of the Spanish Litterature (especially in Poetry and Romances) were to be found.
For the merit of the translation itself, I am afraid of venturing my weithless [sic] and inco[m]petent judgement or opinion; neverth[e]less in compliance with the hints of the generous and beloved Purchaser, I will candidly assure that I do consider it worthy of the Panegyrics of Lope de Vega and Tribaldos de Toledo, which may be seen at the beginning of the book; and moreover, that neither the fr[ench] translation by Dablancourt nor the italian one by Nicolo Lonigo did please{d} to me in the paragon so much by far as this of Maldonado, especially in the 2nd Dialogue del Gallo; in which, if Lucian should he have been a Sp[anish] Writer himself of that time of his translator, I verily imagine he would have considered himself very happy and much satisfied in having digested [?] his great Wit and dressed his profound morality in such elegant and pleasing style.
May 1836
Migl. del Riego [rúbrica]
La simpática y noble figura del canónigo asturiano Miguel del Riego, hermano del mártir liberal, ha sido objeto de una cálida evocación en el libro clásico de Vicente Llorens, Liberales y románticos (1954, reed. 1968). Riego, raro espécimen de clérigo liberal, que pudo ser arzobispo de Toledo con el régimen constitucional, en su exilio inglés vivía con una austeridad y pobreza rayana en la miseria, consagrado a mantener viva la memoria de su hermano, ejecutado deshonrosamente por la personal inquina y vesania de Fernando VII, “el ser más vil de la historia de España” (Baroja, via Aviraneta, dixit), y a obsequiar a sus amigos y a otros aún más pobres que él con regalos que incluían chocolate preparado por él mismo «a la española», o comidas de la tierra como el puchero, tan cargado de ajo que no había paladar que pudiera resistirlo (ap. Llorens, p. 56). Bondadoso y servicial, Riego se ocupó de aliviar la pobreza y enfermedad de otro exiliado ilustre, el poeta italiano Hugo Foscolo y, al morir éste, cuidó de su hija. Aunque volvió, por corto tiempo a España en 1835, desengañado por la ingratitud que advertía en los liberales españoles, ya en el poder, hacia la memoria de su hermano, regresó a Londres, donde murió en 1846.
Como medio de vida, Riego se dedicó a comerciar con libros antiguos, y por sus manos pasaron rarezas como varias obras de los protestantes españoles del siglo XVI que sirvieron para las reimpresiones de Usoz y Benjamin B. Wiffen. Este último narra con detalle el laborioso proceso de la compra de los libros, adquiridos in extremis pocos días antes de la muerte de Riego, y describe la insólita tienda del buen canónigo y librero. Es un texto que pese a su extensión bien merece reproducirse íntegro:
When resident in London, Luis [Usoz y Río] became acquainted with the Canon Riego, a Spanish Refugee, who was brother to the patriot Riego. He knew that the Canon possessed certain books which he highly valued, but which he had not succeeded in purchasing of him whilst he in London. Luis wrote to me to obtain them if he could be persuaded to sell them. These books were Valera’s Calvino 1597, Juan Perez’s Psalms 1557, and the Epistola Consolatoria 1560, an unknown work also by Juan Perez. I took an opportunity to see the Canon about them. I found him occupying two upstairs rooms in a house kept by a shoemaker in Seymour St. Camden Town. The front room was crowded with books, chiefly Spanish, for he was a dealer and combined love of money with love of books. The smaller back room served him for bedroom and kitchen where he slept and prepared his food, leaving barely space for a couple of chairs for himself and for a guest. He was shy to me about his books. I candidly avowed my object, at the same time manifesting respect for him, as indeed I felt pity for his misfortunes, and sympathy with the cause that produced them. I did not however urge my wishes, and went away unsuccessful. After a lapse of some months, I again called upon him with my niece Isaline and repeated my desire to purchase the books, asking permission at least to look at them.
He shewed me two of them, and for the third book, the Epistola substituted a written copy of his own for the printed one. I had been informed that the Canon would certainly try and expunge some offensive passages from the work, and I had been warned to be careful that the book was not mutilated or rendered imperfect. This interview also ended unsuccessfully. About six months afterwards, I called a third time on the Canon, avowing the same purpose, and the old man, yielding, somewhat to more familiar acquaintance, somewhat to my perseverance, perhaps forgetful of his caution, shewed me the printed Epistola; I had it in my hands but a few moments, and was looking through the leaves when he passionately snatched it away, and this third interview passed like the previous ones fruitlessly with the addition of a little troubled feeling between us. He had expressed his desire that the Psalms by Juan Perez should be printed and I had avowed my desire that the Epistola should be so. I again waited an interval of some months and then wishing to remove any unfavorable impressions that might remain on his mind from our last meeting, my residence being at a distance from London, I wrote to him kindly, asking him once more whether he was willing that I should purchase his books. He replied promptly that he was willing for a certain sum to send them. I answered I would give him the high price; and, aware now that I was not to be put off with a copy, he sent the three printed books down to mc. On examination I found that he had obliterated a long passage in the Epistola, I regretted to see this, not only for the literary injury, but for the flaw in the Canon’s moral integrity, the more so because he had many times declared to me how much he loved and honored the book and its author, saying that while the sentiments of the book were those of a Reformer, Perez could neither be considered a thorough Lutheran, nor a Calvinist. The passage, as I afterwards found. was one in which he had a deep personal interest. It strongly condemned the folly and idolatry involved in the reverence or worship paid to relics. Riego himself was a Canon of the Church at Oviedo, where, of all places in the kingdom of Spain, are preserved at this day the most absurd and monstrous collection of these remains of humanity. I have a list of them, purchased on the spot, and the Canon Riego himself shared in the gain, derived from the ignorant and superstitious devotees. I returned all the books with rather a sharp letter, written however in a not unkindly spirit, charging him with having perpetrated a falsehood to posterity, upon an author and upon a book which he had declared he so much admired and loved. I judged it better to sacrifice the books so that I might awaken his moral integrity. He wrote me an angry reply and here seemed to be the end of the affair. I deemed the books entirely lost to me and endeavoured to forget them. After some time a strong impression came over me that the Canon who was an aged man would soon die, and that if I were ever likely to obtain his books I ought to write to him again. I knew by his former letter that he had felt my remarks and that was enough to fulfil my purpose. I therefore again wrote, and did so in a friendly manner, asking him if he would let me have the books. He replied in the same friendly tone, that if I would send him a draft, he would return the books and that he had moreover restored the passage he had obliterated, adding that it would give him much pleasure to assist me in printing it, correcting the press for me. A few days afterwards, the Canon was found speechless and dying, his heart had been chilled by the first frosty night of October 1846, and it had ceased to beat («Notices and Experiences of Benjamin B. Wiffen in relation to the Works of the early Spanish Reformers…», en Bibliotheca Wiffeniana, I, Strassburg, Trübner, 1874, pp. 30-32).
Alguna objeción cabría poner a dos observaciones no muy amables de Wiffen. La primera es la acusación de existir en Riego un «love of money» parejo a su «love of books». Todos los testimonios coetáneos son concordes en que Riego no era precisamente avaricioso ni mezquino. Pudo enriquecerse con los manuscritos de Foscolo, y los donó generosamente a Italia; y, según Llorens, cuando finalmente vendió sus libros al propio Wiffen, Riego «fija un precio tan bajo que el comprador se ve obligado a aumentarlo». El cuáquero inglés peca también de malevolente al dar por sentado que Riego se había lucrado con la exhibición de reliquias en la catedral de Oviedo: «the Canon Riego himself shared in the gain, derived from the ignorant and superstitious devotees», y que por esa razón habría tachado el párrafo en la Epístola. Es claro que Riego, canónigo de una catedral católica, se debía a su club y tenía que defender la doctrina ortodoxa sobre la devoción a los santos y las reliquias, pero es una inferencia gratuita de Wiffen suponer que Riego participara personalmente en el tráfico de reliquias.
Volviendo a la compra de los libros de protestantes españoles, muy similar historia cuenta Usoz en su prólogo a la reedición del Breve Sumario de Induljencias (Madrid, 1862), de Juan Pérez, precisando que su primer intento de hacerse con el ejemplar de la Epístola Consolatoria del mismo autor tuvo lugar en 1841; un intento fracasado porque Riego «pidió un precio que tuve por exzesivo». Cedió después la iniciativa a Wiffen con el resultado positivo ya conocido. Usoz transcribe el párrafo inicialmente borrado por Riego, es decir el ataque a las devociones externas, reliquias, culto a los santos, etc., y copia también la nota que el canónigo entregó a Wiffen una vez limpiada la borradura: «Todo esto, si yo reimprimiera este prezioso librito, lo había de suprimir, i en verdad, que dudo sea de él».
Bien se advierte que Riego era un librero que leía y estudiaba los libros que vendía, y que sus conocimientos le permitían elaborar dictámenes razonados y ponderativos sobre el valor de los libros que ofrecía a la venta. En nuestro caso parece evidente que Riego exageraba al encarecer la cura ante su comprador, es decir su «generous and beloved Purchaser», y enfatizar la extrema rareza del libro en España.
En realidad, el Luciano español no es tan raro: se conocen 9 ejemplares solo en bibliotecas públicas de Madrid (BNE, Univ. Complutense, Bibl. Lázaro Galdiano); súmense los ejemplares de la Colombina de Sevilla, y las bibliotecas universitarias de Granada y Santiago (cf. Grigoriadu, pag. 94) y los que verosímilmente existen en bibliotecas privadas, y fuera de España. No señalan los bibliógrafos que hubo, al menos, dos tiradas o emisiones diferentes, de la misma fecha e imprenta, y con portadas y preliminares en parte distintos. Una con dedicatoria al Padre Maestro Fray Juan de la Serena y la viñeta de una cruz enmarcada en unas orlas de cadenas (como el ejemplar de Menéndez Pidal), y otra con dedicatoria a don Francisco de Melo y su escudo de armas (ejemplar de Usoz, en la BNE, y reproducido en la «Biblioteca digital hispánica», http://bdh.bne.es/bnesearch/detalle/bdh0000047237, o el de la biblioteca histórica de la Universidad Complutense). Cambia también, naturalmente, el texto de la dedicatoria. Tanto los últimos ejemplares mencionados como los descritos en bibliografías como las de Pérez Pastor (Bibliografía madrileña, núm. 1748) y Simón Díaz, pertenecen a esta segunda «variedad», con lo que el ejemplar de Menéndez Pidal parece ser más «raro» y a la postre Riego tendría parcialmente razón.
Bien mirado, con los medios a su alcance es claro que Riego no faltaba conscientemente a la verdad, y sin duda le parecieron pruebas evidentes de la rareza de su Luciano lo que refiere sobre la copia manuscrita que le mostraron en Granada en 1822 dando por sentado que el libro nunca había sido impreso, y, sobre todo, su ausencia en los volúmenes publicados hasta entonces del catálogo de la Biblioteca de Richard Heber, certeramente caracterizado por Riego como extraordinario bibliómano.
En cuanto al mérito de la traducción de Herrera Maldonado, el juicio de Riego, sumamente elogioso, se apoya en distintos argumentos: la autoridad de los poemas laudatorios de Lope de Vega y Tribaldos de Toledo en los paratextos preliminares del libro, lo que por sí mismo no sería un indicio de mucha consideración; en su gusto, muy subjetivo («… did please to me»), que le lleva a preferir la de Herrera a la traducción francesa de Nicolas Perrot, sieur D’Ablancourt (1654) y la italiana de Nicolò Lonigo (1535); o en imaginar que un Luciano reencarnado en la España del siglo XVII se habría sentido muy complacido y feliz por la obra de su traductor.
La crítica moderna no concuerda con esos elogios. Menéndez Pelayo censura a Herrera su «escaso respeto al texto», y el que se permitiera «añadir pensamientos, frases, periodos y hasta páginas enteras no escritas, por cierto, con la sal ática de Luciano, sino con el tenebroso estilo de los prosistas gongorinos». Si la traducción de D’Ablancourt fue calificada de «hermosa infiel», sigue diciendo don Marcelino, «de la de Herrera Maldonado pudiéramos afirmar que es una fea infidelísima» (Biblioteca de traductores españoles, II, 220). Para Vives Coll (1951), «su traducción es sumamente caprichosa y fantástica: a veces acorta el texto, otras lo alarga, notándose fácilmente la mano del sacerdote que convierte en sermones místico-ascéticos las concisas y precisas consideraciones de Luciano; desde luego no se puede elogiar a Herrera como helenista a pesar de su lenguaje puro, castizo y rico y, en conclusión, su trabajo constituye una traición al espíritu escéptico y satírico de Luciano» (ap. Grigoriadu, p. 94). En fin, en el detallado análisis que de uno de los diálogos traducidos hace Ezpeleta Aguilar se señala que
El afán de recreación implica en ocasiones la inclusión de párrafos enteros ausentes [en el texto]. Estos obedecen, generalmente a dos motivos. Por un lado, reforzar el componente del entretenimiento por medio de elaboración de escenas apenas esbozadas en el original; y por otro lado, apuntalar la reflexión moral.
Y es que muchas veces este tipo de añadidos moralizadores conectan con la glosa que precede a la traducción; no solamente en cuanto al contenido, sino también a palabras y frases convertidas a veces en enojosos latiguillos en la pluma del licenciado (F. Ezpeleta Aguilar, «Herrera Maldonado, traductor de Leon Battista Alberti», en Homenaje al profesor Antonio Fontán, 4, 2002, p. 1708).
En suma, ni el libro es de una especial rareza, ni el mérito de la traducción lucianesca es tan sobresaliente como escribía el canónigo Riego, sobre todo si se coteja con las versiones de Enzinas, en el siglo XVI, y Aguilar Villaquirán, en el XVII, proscrita una e inédita la otra. Aun así, el Luciano español de Herrera Maldonado tiene el valor de haber sido la única colección copiosa de diálogos lucianescos accesible al lector español en el siglo XVII, y hasta el XIX, puesto que en 1796 fue reeditado en Madrid. Desconocemos quién fue el comprador, el «generous and beloved Purchaser», para quien Miguel del Riego elaboró el informe adjunto en el ejemplar de 1621 que fue a parar a la biblioteca de Menéndez Pidal, y desconocemos también por qué caminos y de quién lo adquirió don Ramón. Felicitémonos, en cualquier caso, por el hecho de que el libro siga allí, y haya escapado a las apetencias subastadoras que han sufrido otros de la misma biblioteca por parte de quienes habrían obrado con mayor rectitud y devoción a la memoria de Menéndez Pidal y María Goyri restituyéndolos al lugar de donde nunca debieron salir.
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