Bienio pidalino

Una conmemoración elegante
Gastón Segura
Escritor

Hoy, en España, es casi imposible contra Messi, famosas náufragas por las islas caribeñas y seriales de princesas Micomiconas que yacen con dragones de mentira o con Palmerines de gimnasio que una celebración, por meritoria y de interés general que sea, pueda calar entre el paisanaje, salvo, claro está, que se vea quebrantada por un siniestro mayúsculo —con helicóptero de la Guardia Civil al rescate— o por un crimen pasional —a ser posible, muy sangriento— entre los organizares; entonces, sí. Entonces todo el país toma conciencia del acontecimiento y declara sin rubor alguno y hasta con los ojos enturbiados de lágrimas lo desdichado del suceso que han venido a empañar tan egregia ocasión —bueno, ahora, dicen evento; pero para el caso es lo mismo—. Así que la Fundación Ramón Menéndez Pidal, poco propensa a estos estridentes percances, ya se había resignado a que su Bienio Pidalino, para conmemorar el nacimiento y muerte de don Ramón de una tacada, transcurriese con una inmerecida discreción en el paisaje nacional. Ahora bien, lo que sí se había propuesto —y si no se lo había propuesto, el mérito es todavía mayor— es que todos sus actos hayan resultado, sobre académicamente impecables, bañados por una amena alegría que la ha convertido en la más acogedora anfitriona del momento.