Ramón Menéndez Pidal y el «tesoro» de la Peña del Arcipreste

A los «Raposos plateaos», por su generosidad



Ramón Menéndez Pidal cultivó desde su niñez asturiana una gran afición por el excursionismo de montaña y dedicó gran parte de su vida a recorrer los parajes más pintorescos e inaccesibles de la Sierra de Guadarrama. Influido por los ideales naturalistas de la Institución Libre de Enseñanza y de su íntimo amigo Giner de los Ríos, el filólogo fusionó pronto los sesudos trabajos de investigación con su afición montañera y logró mantener vivas ambas actividades hasta la vejez.

Perdido el cuaderno de notas en el que él y su familia registraban cada salida, la información que se conserva sobre sus excursiones es muy escasa; no obstante, es evidente que una de las investigaciones que más tempranamente llevaron a Ramón a recorrer los caminos de la Sierra de Guadarrama fue la que pretendía desentrañar cuáles fueron los pasos del Arcipreste de Hita en sus encuentros con las serranas del Libro de buen amor.

Convencido —frente a una buena parte de la crítica— de que la ficción autobiográfica de Juan Ruiz se inspiraba en un trayecto real, Menéndez Pidal, junto con María Goyri y algún amigo cercano, comenzó desde fechas muy tempranas a realizar trabajo de campo en busca de la venta del Cornejo y el antiguo camino del Puerto de Tablada. Según se deduce de los comentarios vertidos en una carta dirigida a su hija Jimena y Miguel Catalán en 1924, en la que habla de «repetir la excursión por el Cornejo», el filólogo debía de conocer ya en 1912 la zona en la que estuvo la venta, aunque probablemente no encontraría los restos de sus muros hasta unas décadas después.

Su intervención definitiva en la recuperación de la figura del Arcipreste llegó, en cualquier caso, en 1930, cuando, siendo director de la Real Academia Española, promovió la creación de un monumento natural en honor del autor medieval para conmemorar el sexto centenario de su obra.

La localización elegida, según reza la Real Orden nº 213 de ese mismo año, fue un «risco situado cerca del puerto del León, al comenzar la vertiente meridional, en el lugar comprendido entre el Collado de la Sevillana y la Peña del Cuervo, término municipal de Guadarrama, provincia de Madrid […]».

Tras el necesario proceso burocrático, el domingo 23 de noviembre de 1930 se inauguró definitivamente el Monumento natural de interés natural. Junto a él, en el acto intervinieron Eduardo Hernández Pacheco, vocal de la Junta de Parques Nacionales; Antonio Gotor, director de Montes; Elías Torno, Ministro de Instrucción; los hermanos Álvarez Quintero y las niñas del coro del Instituto-Escuela, entre otros.

A los pies del Monumento, incrustada en la roca, se colocó además una elegante arqueta de hierro, con un letrero, «Ande de mano en mano a quier quel pidiere», y en su interior se dejó depositado un ejemplar del Libro de buen amor y un cuaderno de firmas para los visitantes.

Hasta hoy, la identidad de la(s) persona(s) o institución(es) que se encargaron de conservar el arca y los materiales que atesoraba era prácticamente desconocida. La correspondencia de Menéndez Pidal con Alfonso Reyes, escritor y diplomático americano que, durante su estancia en España (1914-1924), trabó una profunda amistad con Ramón y otros miembros del Centro de Estudios Históricos, ofrece, sin embargo, una grata sorpresa al investigador.

El 18 de diciembre de 1941, tras su largo exilio de tres años, Ramón recibe un ejemplar de la nueva obra de Reyes, y su lectura le trae a la memoria recuerdos felices de antes de la guerra, cuando caminaba por el Guadarrama con sus amigos más cercanos:

Recibo su Pasado inmediato, y no sabe usted lo que agradezco su lectura. Además del vivo interés literario y humano que en esas memorias se encuentra (…) encontramos además el gran atractivo de los recuerdos comunes «de aquel buen tiempo pasado». ¡Y cómo son agradables ahora para mí, tan abrumado de añoranzas! Su edición del Buen Amor (que no había reparado que estuviese mal comprendida en la crítica de Lecoy) la tenía yo depositada en una arqueta de hierro que había hecho empotrar entre los pedruscos de la Peña del Arcipreste, y cada dos o tres meses me daba un paseo por el puerto, para ver si el libro estaba deteriorado o había sido sustraído (esto último no sucedió más que una vez), y lo reponía, cuando era preciso, para que los excursionistas leyesen por él. He vuelto allá después de mi ausencia de tres años, pues todavía excursioneo por aquellas benditas cumbres, ¡y me encuentro la arqueta destruida! Pero aún espero poder restaurarla, y no faltará en ella el libro de usted, incomprendido por Lecoy…

A la luz de estas palabras, parece claro que fue el propio Ramón Menéndez Pidal quien se encargó personalmente del cuidado de los materiales del arca durante las primeras décadas de existencia del Monumento, y quizá por ello hoy se conserva en la Fundación que lleva su nombre el primer cuaderno de firmas de 1930.

En cuanto al ejemplar del poema elegido para descansar a los pies del risco, Menéndez Pidal alude en este pasaje a la edición que su colega mexicano preparó para la editorial Calleja en 1917, reeditada en 1926, que ofrecía un texto divulgativo y asequible económicamente, pero riguroso en el trabajo científico y filológico. Alfonso Reyes, además, fue uno de los primeros investigadores que se atrevió a reconstruir hipotéticamente el camino que siguió el Arcipreste de Hita en sus (des)encuentros con las serranas, por lo que su colocación a los pies de la Peña no pudo ser más acertada.

Después de la carta transcrita líneas arriba, las referencias al arca de la Peña del Arcipreste son muy escasas y poco o nada se sabe sobre la conservación de este paraje hasta finales del siglo XX y principios del XXI.

En 1996, año en el que Francisco Castrillo, vecino de la Estación de El Espinar, promovió la primera marcha a la Peña del Arcipreste de Hita desde el municipio de El Espinar, los participantes solo encontraron allí una caja de madera con folios sueltos y un ajado ejemplar del Libro de buen amor, que fue repuesto en varias ocasiones por el propio Castrillo.

Pocos años después, en el año 2002, otro grupo de montañeros, en esta ocasión de la vertiente madrileña, los «Raposos plateaos», decidieron poner punto y final a la situación de abandono en la que se encontraba la Peña y construyeron una nueva arca. Este primer cofre, y un segundo, fueron afanados por algún curioso excursionista durante los meses posteriores, pero la admirable perseverancia de esta asociación de excursionistas jubilados les llevó a construir un tercer ejemplar —que todavía se conserva allí— en el que depositar periódicamente los citados materiales.

Durante más de quince años, ellos han sido los responsables de preservar el arca y de reponer sus materiales periódicamente, pero el inevitable paso de los años y la consecuente merma de sus condiciones físicas les han impedido continuar con esta generosa labor en los últimos tiempos.

En aras de mantener esta tradición, la Fundación Ramón Menéndez Pidal, tras contactar con los miembros del grupo que se ocupaban de esta tarea, asumirá a partir de este año la responsabilidad de conservar, reponer y archivar los materiales del cofre, recuperando casi un siglo después la tarea que el propio Menéndez Pidal tomó como suya durante buena parte de su vida.

Sirva este breve artículo como agradecimiento a todos aquellos que, anónima y desinteresadamente, han mantenido vivo el legado pidalino en la Sierra. Es responsabilidad de todos, instituciones y visitantes, que nunca se vuelva a perder.

Álvaro Piquero

Universidad Complutense de Madrid / Instituto Universitario Menéndez Pidal / Fundación Ramón Menéndez Pidal