Todo está iluminado

Rubén Rojas Yedra
Fundación Ramón Menéndez Pidal

Fíjense en doña María Goyri y don Ramón Menéndez Pidal. Ambos sentados frente a una mesa con papeles, libros. Y a su alrededor la terraza, la barandilla, la techumbre. La contraventana a un lado, el cielo a otro. Aunque esta fotografía haya quedado para la posteridad, es probable que su autor no la buscara. ¿Qué, entonces?

Quien disparó la máquina no necesitó ordenar material alguno; el material estaba siendo seleccionado y ordenado en el marco de su objetivo fotográfico: sus retratados eran coleccionistas insaciables, «artistas y rebeldes», como los pintó Julio Caro Baroja, pero nunca demasiado rebeldes como para cultivar el desorden. He aquí una instantánea de un autor solitario, que, desde el anonimato de una tarde cualquiera, capta la intimidad doméstica del matrimonio. Ninguno de los retratados mira a cámara; acaso no han reparado en su presencia.

Y en esta intimidad familiar no faltan los papeles, las anotaciones. No falta el atuendo elegante de don Ramón: camisa blanca y perfectamente planchada y doblada en cuello y mangas, estricto chaleco negro. Nótese su postura disciplinada, sentado en el borde de la silla, con la espalda recta hasta la exageración —compárenla con el balaustre de la barandilla y verán lo que les digo—; su perfil riguroso y la expresión de concentración. Es en cambio doña María quien nos aporta el punctum, que diría Barthes, el «espacio para la extrañeza»: arremangada, con un gesto resuelto parece contrariar a don Ramón, o recordarle algo que desconocemos. Entre tanta geometría, doña María es la disonancia imprescindible.

Observen además que por la fotografía pasa el aire y la luz. Nada está cerrado ni permanece en penumbras, gracias a la magia de esa techumbre que es sólo estructura de vigas. Todo lo que puede estar abierto lo está; todo está iluminado. Tracen ustedes mismos el paralelismo hacia las ideas.

He aquí lo fundamental de este universo detenido en la vorágine diaria de dos investigadores portentosos.