
Menéndez Pidal en 1955-1956. Un recuerdo.
María Rosa Moralejo Martín
Empezaba el otoño de 1955. Yo acababa de obtener en junio mi título de licenciatura en Filología románica con la lectura de mi tesina dirigida por mi querido y admirado profesor don Rafael Lapesa, siempre recordado con cariño por todos los que tuvimos la enorme suerte de ser sus alumnos.
De su mano llegué a trabajar en el círculo de don Ramón Menéndez Pidal, en su casa de la entonces Cuesta del Zarzal n. 23 —ahora Menéndez Pidal— donde reside hoy la Fundación que lleva su nombre.
Era mi primer trabajo después de tantos años de alumnado y para mi fue un verdadero orgullo, aunque mi tarea habría de considerarse casi más como un aprendizaje.
Don Ramón llevaba a cabo sus trabajos sobre el Romancero y para ello tuvo mi humilde colaboración junto con otro filólogo, José Caso González, mucho más experto y docto que yo. Nuestro trabajo consistía concretamente en comprobar la métrica y las rimas de los romances del ciclo carolingio. Creo recordar que los romances estaban recogidos en fichas en un archivador. Trabajábamos los dos en un despacho contiguo al de don Ramón acompañados de una mecanógrafa —entonces los ordenadores estaban aún muy remotos— que iba recogiendo diligentemente nuestras comprobaciones. Recuerdo la primera vez que requerida por él entré en su despacho. La impresión que me produjo fue casi como la de entrar en una especie de santuario. Recuerdo también la sorpresa de encontrar siempre aquella habitación con el balcón abierto incluso en aquel frio enero de 1956 en Chamartín.
En conjunto conservo en mi memoria un gratísimo recuerdo de la entrañable figura de don Ramón, de su trato amable y bondadoso, y de aquel curso entero dedicado al estudio de los romances del ciclo carolingio.
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