«Ramón Menéndez Pidal recibió de uno de sus hermanos mayores, Juan, la afición por el romancero de tradición oral, que, en la Asturias de fines del siglo xix, seguían cantando los paisanos, los habitantes de las aldeas y caseríos cuya vida se circunscribía a las relaciones con los habitantes del entorno rural».

«La creación de un Archivo sobre el Romancero en la casa del matrimonio Menéndez Pidal-Goyri tuvo su punto de partida en una experiencia vivida en el singular viaje de novios que realizaron por la ruta del Destierro del Cid el año 1900 en que finalizaba el siglo. En el curso de su excursión, se dirigieron a El Burgo de Osma (Soria), ya que querían aprovechar la circunstancia de que el eclipse de sol que entonces iba a haber era desde allí total; pero su atención se vio desviada hacia algo muy diferente, pues durante su estancia en aquel lugar tuvieron la ocasión de ver brillar nuevamente el sol de la, por varios siglos eclipsada, tradición oral castellana del Romancero: una mujer, que sólo podemos identificar con el poético nombre de «la lavandera del Duero», natural de La Sequera (cerca de Aranda, Burgos), les cantó —y ellos anotaron— los primeros romances de tradición oral procedentes de Castilla que se ponían por escrito desde que en el Siglo de Oro dejaron de recogerse».

«El carácter inédito de una mayoría de los miles de versiones de romances procedentes de los más variados ámbitos del mundo hispánico que el Archivo atesora, las innumerables notas eruditas que durante todo un siglo han venido incorporándose a él y la riqueza informativa que este fondo documental presenta sobre campos de conocimiento que rozan tangencialmente al del Romancero me parecen razones imperativas para tratar de poner al día la conservación de tan preciosos materiales de consulta.

Dado el carácter privado, para uso personal, con que el Archivo romancístico Menéndez Pidal-Goyri fue concebido […], los documentos reunidos en él no pueden ser fácilmente manejables por usuarios con intereses distintos a los de los formadores del Archivo sin contar con una catalogación y unos índices analíticos que pongan de manifiesto las múltiples potencialidades informativas de la documentación reunida. La imprescindible institucionalización del Archivo del Romancero creo que sólo tiene sentido acompañada de un esfuerzo previo de análisis de cada uno de los documentos que en él se hallan almacenados. Resulta, por tanto, preciso no sólo poder garantizar la conservación de los fondos, sino su accesibilidad; desde tiempo atrás he venido considerando evidente que “para que el Archivo Menéndez Pidal pueda ofrecer las ventajas de un gran centro de datos sobre el romancero panhispánico, alguna institución pública o privada tendrá que asumir la responsabilidad de dotarlo de una infraestructura y de acometer la informatización global de sus fondos”».

Fragmentos extraídos de Diego Catalán: El Archivo del Romancero, patrimonio de la humanidad: Historia documentada de un siglo de historia, 2 vols., Madrid: Fundación Menéndez Pidal-Seminario Menéndez Pidal de la UCM, 2001.