Los hermanos Palau son dos pintores y creadores madrileños vinculados al universo underground de La Movida Madrileña. Instalados en el barrio de Malasaña durante los años ochenta, desarrollaron una obra marcada por el expresionismo, la estética pop y el espíritu libre de una generación que convirtió Madrid en un auténtico laboratorio artístico y nocturno tras la Transición. Su casa y estudio se convirtió en punto de encuentro de pintores, fotógrafos, músicos y diseñadores ligados a la escena alternativa de la época.

Relacionados con figuras emblemáticas de la década de los ochenta los hermanos Palau participaron activamente en el imaginario visual de la Movida, colaborando en la decoración de espacios, proyectos de moda y diversas iniciativas artísticas. Aunque alejados de la fama masiva, fueron considerados figuras de culto dentro del Madrid más bohemio y experimental, recordados por su personalidad excéntrica, su vida compartida y una obra inseparable del ambiente creativo y excesivo de aquellos años.

Hoy en día, José y Juan siguen viviendo en su piso de Malasaña, un espacio repleto de su arte y de memoria creativa. Ellos continúan pintando en el mismo Madrid que ayudaron a reinventar, preservando un imaginario poético, libre e independiente que conecta la energía irreverente de los años ochenta con el pulso cultural contemporáneo de la ciudad.

En este contexto, la Fundación Ramón Menéndez Pidal organiza la exposición LOS PALAU como un reconocimiento a su trayectoria y a su aportación singular a la historia visual y cultural de la Movida Madrileña.

Los Palau: Una verdad fuera de sitio

Mario Canal, periodista cultural y escritor

La belleza se viste de espanto y poesía cuando los hermanos Palau pintan. También merodea el humor, porque en sus obras siempre hay momentos aparentemente ingenuos y ciertamente malignos que revelan una intuitiva aleación de inteligencia y descaro. Como si fueran críos jugando violentamente con la historia del arte, que manejan a su antojo porque se pertenecen mutuamente.

El espanto tiene que ver más con el asombro que con el terror, aunque los cuchillos acechen en su imaginario. En los cuadros de los Palau no encontramos reglas normativas a pesar de que recrean con atrevimiento los géneros pictóricos tradicionales, porque su creatividad emerge de un espacio salvaje y sin adulterar por el sistema cultural convencional. Su tradición es la de los márgenes, que ellos mismos han transformado en reino. La escuela de Rimbaud, podríamos denominarla. Un malditísimo que conoce la cultura clásica, pero la trastorna. Una tradición que se concreta tras las esquinas y en las sombras, que ellos después colorean.

Conocer en su casa/estudio las diferentes series que han idos sucediéndose a lo largo de los años –más de cuatro décadas de creación ininterrumpida, multiplicada por dos– es pasear por el arte abstracto como diversión y el surrealismo como aspiración opiácea, la figuración como encarnación de lo sublime cotidiano y el dibujo como interpretación del mundo emocional: fábulas antiguas de mitos elevados y diosas rendidas, secuencias cinematográficas descartadas, sofisticadas en un exceso melodramático, conjuros trazados con pulso firme que transforman la realidad en otra cosa. Algo mucho más peligroso.

En el arte de los Palau –José y Juan Ricardo, que desarrollan trayectorias individuales aunque complementarias–, se da un proceso alquímico pasional. La transformación de belleza en más belleza. Un sueño que se despliega en otro sueño. Una libertad más libre. La posibilidad de redención se desprecia una y otra vez por innecesaria y superflua. ¿Quién necesita ser salvado cuando uno mismo es ángel?¿Quién busca la consideración ajena cuando en su interior hay un poema sin fin? La creación, en su caso, es un simple gesto con el que se ignora la vulgaridad en la que viven aquellos que no han conocido el infinito. Sometidos a fuerzas que ellos desdeñan con una carcajada de terciopelo.

Pintar, pero también construir objetos, decorar, vestir, hacer imágenes como quien respira, es una Arcadia a la que regresan tras haber penetrado en el asfalto para contaminar sus cuadros con una sabiduría ancestral. Los rasgos sintéticos de sus personajes tienen su raíz en el arte primitivo, entendido como lo absoluto y mágico. Se dejan fascinar por el Renacimiento o Fra Angelico, Goya y Picasso. Maestros de los que se envuelven con naturalidad, sin dejar de ser ellos mismos. Interpretados desde un análisis más académico, a los Palau podemos asignarles un marco histórico que engarza en la figuración madrileña de los años setenta y principios de los ochenta, la de Los Esquizos, pero los Palau fueron demasiado jóvenes como para ser incluidos en ese movimiento. Su pertenencia es la de un tiempo propio entre un lugar que no existe y otro imaginado.

Las oportunidades de disfrutar de su trabajo son reducidas. La incomprensión sobre su trabajo, que penaliza más a quién no lo conoce, surge de su negativa a formar parte de un ámbito caduco que tiene muy poco que ver con la naturaleza íntegra de su legado. El privilegio de acceder al universo que construyen sin pausa convierte al espectador en un personaje de narraciones insólitas, igual que la vida adopta en su proximidad las formas que delinean sus afiladas manos. Ellos todo lo envuelven porque en su mundo no hay dualidad entre lo que es creación y lo que no lo es. Y, a su lado, uno también se convierte en arte.

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