Ramón Menéndez Pidal en la Sierra del Guadarrama. Crónica de un vecino de San Rafael
Álvaro Piquero
UCM & Fundación Ramón Menéndez Pidal

La mayor de sus aficiones es el campo, y esta afición, como toda su vida, es sencilla y desinteresada: le basta con sumergirse en la Naturaleza, y no busca el aliciente de la agricultura o de la caza. Ni siquiera necesita cambiar de paisaje. Para que encuentre gusto en el paseo es suficiente con que haya un camino difícil y, sobre todo, una cuesta para trepar a una altura. El aire delgado de las cumbres dice que lava las tristezas del corazón. Siempre me ha sorprendido hasta qué punto esto es verdad en él: los más serios disgustos de la vida han quedado cancelados después de un día pasado en los puertos del Guadarrama.

María Goyri, 1927.

 

Erguido en esta cima, montañas repetidas, yo os contemplo, sangre de mi vivir que amasó vuestra piedra.
No soy distinto, y os amo. Inútilmente esas plumas de los ligeros vientos pertinaces,
alas de cóndor o, en lo bajo,
diminutas alillas de graciosos jilgueros,
brillan al sol con suavidad: la piedra
por mí tranquila os habla, mariposas sin duelo.
Por mí la hierba tiembla hacia la altura, más celeste que el ave.
Y todo ese gemido de la tierra, ese grito que siento
propagándose loco de su raíz al fuego
de mi cuerpo, ilumina los aires,
no con palabras: vida, vida, llama, tortura,
o gloria soberana que sin saberlo escupo.

(…)

Aquí en esta montaña, quieto como la nube,
como la torva nube que aborrasca mi frente,
o dulce como el pájaro que en mi pupila escapa,
miro el inmenso día que inmensamente cede.
Oigo un rumor de foscas tempestades remotas
y penetro y distingo el vuelo tenue, en truenos,
de unas alas de polvo transparente que brillan.

(…)

Sobre esta cima solitaria os miro,
campos que nunca volveréis por mis ojos.
Piedra de sol inmensa: entero mundo,
y el ruiseñor tan débil que en su borde lo hechiza.

Vicente Aleixandre, «Adiós a los campos», incluido en Sombra del paraíso (1944)