Aunque los últimos datos sobre hábitos de lectura en España son positivos, la poesía continúa representando un porcentaje mínimo. Este género es, sin embargo, la forma de comunicación más antigua que se conoce y el origen mismo de la literatura. Por ello, la intención de la sección que hoy arranca, El poema del mes, es acercar la poesía a todos los lectores y ayudarles a entender mejor el contexto en el que nacen los poemas, su importancia para la cultura y, ante todo, el placer que supone leer versos cuando somos capaces de comprenderlos y disfrutarlos.
Cántica de serrana
Cerca la Tablada,
la sierra pasada,
halléme con Alda
a la madrugada.
Encima del puerto,
creíme ser muerto
de nieve y de frío,
y de ese rocío
y de gran helada.
Ya a la bajada
di una corrida,
hallé una serrana
hermosa, lozana,
y bien colorada.
Dije yo a ella:
«Humíllome, bella».
Dijo: «Tú, que bien corres,
aquí no te pares:
anda tu jornada.»
Yo le dije: «Frío tengo
y por eso vengo
a vos, hermosura:
quered, por mesura,
hoy darme posada».
Díjome la moza:
«Pariente, mi choza,
el que en ella posa
conmigo desposa
y me da gran soldada».
Yo le dije: «De grado,
mas ya soy casado
aquí en Ferreros;
mas, de mis dineros
daros he, amada».
Dijo: «Trota conmigo.»
Llevóme consigo
y diome buena lumbre,
como es de costumbre
de sierra nevada.
Diome pan de centeno,
tiznado, moreno,
y diome vino malo
agrillo y ralo,
y carne salada (…).
«Quien dones me diere
cuales yo pidiere,
habrá bien de cena
y lechuga buena,
que no le cueste nada».
«Vos, que eso decís,
¿por qué no pedís
la cosa certera?»
Ella dijo: «¡Ojalá!
¿Y me será dada?
Pues dame una cinta
bermeja, bien tinta,
y buena camisa
hecha a mi guisa,
con su collarada (…).
Y dame buena toca
listada de cota,
y dame zapatas
de cuello bien altas,
de pieza labrada.
Con aquestas joyas,
quiero que lo oyas,
serás bien venido
serás mi marido
y yo tu velada».
«Serrana señora,
tanto algo ahora
no traje, por ventura;
haré fiadura
para la tornada».
Díjome la fea:
«Donde no hay moneda,
no hay mercancía,
ni hay tan buen día,
ni cara pagada;
no hay mercader
bueno sin dinero,
y yo no me pago
del que no me da algo,
ni le doy posada.
Nunca un juramento
paga el hospedaje;
por dineros hace
hombre cuanto le place:
cosa es probada».


Escrito en torno a 1330, el Cancionero del Arcipreste o Libro de buen amor se estructura como una obra miscelánea, con poemas de distinta métrica y temática, en la que un yo autobiográfico ficticio (el Arcipreste) narra numerosas aventuras amorosas profanas entremezcladas con himnos y cantos religiosos. Sobre el propósito del libro aún no hay acuerdo crítico. En todo caso, frente a una supuesta intención edificante, cada vez son más quienes entienden la obra como un elogio del placer amoroso y el hedonismo, en línea con lo que ocurre en casi toda la lírica amorosa medieval. Hacia la mitad del cancionero, en la copla 950, comienza el fragmento que aquí nos interesa: el Arcipreste decide “probar la sierra” y recorre Lozoya, el puerto del Malangosto, Riofrío y Ferreros (antigua aldea cerca de Otero de Herreros). Finalmente, el peregrino recala en nuestros montes, primero en la venta del Cornejo, donde conoce a Menga Llorente, y después en el puerto de Tablada, en el que pierde el camino y está a punto de morir congelado. Todo el pasaje se construye a partir de los encuentros eróticos con las serranas, un género introducido en España por el Arcipreste de Hita. Estos poemas, que sin duda se cantaban, están emparentados con el género poético europeo de la “pastorela”, nacido en la región francesa de Provenza, que también tiene como protagonistas a personajes rústicos del campo. Las pastorelas narran el intento de seducción de un caballero hacia una pastora, lo que representa el choque entre la civilización (el caballero de la corte) con la belleza de lo natural. Las serranas, por su parte, imitan a estas pero cuentan las cosas al revés: el caballero no se encuentra con una bella pastora idealizada, sino con una mujer grotesca y salvaje. Frente a la seducción amorosa cortés por parte del varón, aquí es la serrana quien toma la iniciativa en el encuentro amoroso, que suele ser burlesco, exacerbado y brutal. En el poema que tenemos delante, la proposición erótica aparece tras la propuesta de casamiento y la petición de una dote, “soldada”, cuando Aldara dice: “Trota conmigo”, donde el verbo trotar se refiere sin duda al acto sexual. Los siguientes versos, dedicados a describir los regalos de viandas o ropas, inciden nuevamente en lo mismo, pues es común en la literatura medieval referirse a esta clase de intercambios para hablar, en realidad, de un encuentro carnal. La cántica, como corresponde al género, se cierra de forma burlesca: el peregrino pide a la serrana que le fíe el pago por cruzar el puerto y alojarse en su choza (metáforas sexuales), pero ella rechaza el trato: “no hay mercadero bueno sin dinero”. Es decir: “si quieres que te cante, el dinero por delante”. Por cierto, este tema, el del dinero y su poder de corrupción, atraviesa todo el libro y aparece casi siempre en relación con la compra de amores, lo que hace del cancionero un antecedente claro de La Celestina. En definitiva, con este breve poema el Arcipreste tiende puentes a la cultura europea del momento, aunque adaptando la escena su realidad. A partir del encuentro entre su yo autobiográfico ficticio y una serrana en los montes del Guadarrama nos presenta, en realidad, una pastorela hecha al contrario, en tono burlesco, pero, sobre todo, una metáfora del miedo atávico del hombre a la naturaleza salvaje y desconocida y a los seres monstruosos y violentos que allí habitan.
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