Divertimento. Diálogo en marco nocturno
Sara Bellido
Instituto Menéndez Pidal, UCM & Fundación Ramón Menendez Pidal

Al amparo de la noche, en una solitaria biblioteca, dos retratos, imperfectas copias de sus modelos al natural, descansan en sus marcos, a la espera de ser colgados en lugar adecuado. El molesto chillido del teléfono despierta sus conciencias…

M.: Otra vez ese ruido, ¿por qué no para de sonar últimamente? Ya sé que fui yo quien te convenció de la necesidad de tener uno, pero no sé quién querrá algo de una casa vacía a estas horas.

R.: No lo sé, querida, supongo que será alguien que cree que la Fundación ya está abierta y querrá solicitar fecha para alguna visita guiada, no para de venir gente últimamente.

M.: La Fundación, no me acostumbro a que la llamen así, “la casa”, deberían decir, que es lo que ha sido siempre. Aunque es cierto que poco queda del hogar que yo recordaba. Cuando regresé hace ya más de un año, me sorprendió lo cambiada que estaba. Era la misma, y no lo era…

R.: Son muchos cambios, sí. ¿Qué me dices de los últimos? Cuando nos trajeron de vuelta después de la exposición (qué bien lo hemos pasado en Cibeles, ¿verdad?), y vi la última reforma, casi no podía creerlo. No me hubiera imaginado que en las cocinas cupiera un salón de actos.

M.: Ni que la casa lo necesitara.

R.: La verdad es que no, hasta hace un par de años eso era inimaginable, pero ahora, la verdad, entiendo que puede ser bastante útil, porque no paran de celebrar actos. Si la hubieras visto antes… Ha habido momentos de mucha soledad aquí, sobre todo para mí, ahí, encima de la escalera, donde no podía alcanzar a ver ni una sola imagen tuya. Qué alegría tuve cuando te encontraron, había echado mucho de menos tu compañía y nuestras gratas conversaciones.

M.: Yo también las añoraba, en ese desván en el que pasé años y al que ni siquiera recuerdo cómo llegué. Ahora creo que nos van a poner juntos, se lo oí decir a nuestra bisnieta. Nuestro querido Diego estaría muy orgulloso de ella y de todo lo que está trabajando por la casa.

R.: ¿Sabes? Cuando empezaron a hablar de conmemorar mi nacimiento…

M.: Y tu muerte, querido.

R.: Y mi muerte, sí, pero más mi nacimiento, creo yo. Bueno, cuando empezaron a hacer planes y a hablar de actos en la Real Academia, en la Biblioteca Nacional, en el Palacio Real…, creo que ni ellos mismos creían que fuera posible (la cara de escepticismo del Presidente era “todo un poema”, como se suele decir). Y, sin embargo, el 26 de noviembre veo a ese otro yo, el retrato de mis 95 años, presidiendo un acto repleto no solo de académicos, sino de gente joven, escuchando con asombro lo que aquellos doctos hombres y mujeres dijeron sobre mí. Porque ahora también hay mujeres en la Academia, como tú tantas veces deseaste.

M.: Pocas, bien lo sabes.

R.: Las más válidas.

M.: Pocas. Hay hoy tantas mujeres de verdadera valía… ¿Has visto todas las jóvenes que han pasado por la exposición del Instituto Cervantes mientras hemos estado allí? Me encantaba escucharlas hablar de sus trabajos o estudios, muchas eran alumnas universitarias, de todas las disciplinas.

R.: Tú abriste el camino. Me alegro de que por fin se te reconozca con tu nombre, siempre me molestó un poco lo de “señora de”.

M.: Hay quien tiene dudas sobre tu posición al respecto, lo sabes, ¿verdad?

R.: Es cierto que fui algo egoísta, me gustaba tanto tenerte trabajando cerca, eras tan indispensable en mis avances, que quizás no dejé que brillaras lo suficiente por ti misma.

M.: Lo has dicho tú, yo nunca osaría. Aunque reconozco que me gustaba saber que en parte dependías un poquito de mí.

R.: Mucho. Pero, cambiando de tema, ¿sabes lo que me da pena? Que nosotros nos hemos quedado sin ver la exposición de la Biblioteca, estando tan cerca.

M.: Creo que ha sido un éxito, llevaron muchos de tus trabajos, y aquellas bonitas fotografías de nuestro viaje de novios. Siempre fueron mis preferidas, las que tomábamos con nuestra cámara en las excursiones. Me gustan mucho más que estos retratos tan “seriotes” que nos hizo tu hermano. Y perdona, que yo lo apreciaba mucho, pero es que cuando volví a la casa hasta dudaban de que fuera yo misma…

R.: A mí cualquier imagen tuya me ha parecido bien siempre, aunque debo reconocerte que mi favorita era la que tenía en mi despacho.

M.: Adulador, no bromees.

R.: Nunca.

M.: Por cierto, creo que también se han hecho eco de todo esto en tus tierras: tu Asturias, tu Galicia, tu Castilla la Vieja…

R.: Me hubiera gustado también ver de nuevo el corri-corri, como en aquel viaje que hicimos. Y volver a Burgos, a recorrer los pueblos del Cid, recogiendo romances por Castilla.

M.: ¿Recuerdas que creíamos que era un insólito hallazgo el de la “Muerte del príncipe don Juan”? Y resulta que nuestro nieto, con la colaboración de sus discípulos y compañeros como la que solías tener tú, encontró tantas versiones que he oído que hay una joven filóloga que tiene pesadillas tratando de ordenarlas.

R.: Jajaja, sí, la conocí. Una chica encantadora, y muy lista. Te hubiera encantado hablar con ella y discutir el sentido de esos finales del romance tan sugestivos.

M.: Mucha gente joven sigue trabajando aquí, creo que eso es algo de lo que el Presidente (lo recuerdo de joven, acompañando a Diego, y no ha cambiado nada) debe sentirse satisfecho. Y tú también, querido, queda claro que hay mucho interés por continuar todos los caminos que dejaste abiertos, no solo en el Romancero, sino en la historia de la lengua o la historiografía. ¡Qué alegría me produce ver su entusiasmo ante cada avance!

R.: Cierto, cada vez que los oigo discutir sobre el origen de una expresión o comentar los cambios en un romance, “me hincho” un poquito, no puedo evitarlo. Y son tan ocurrentes… si supieran lo que me río de forma interna con eso que llaman “memes”, y con los vídeos de uno de ellos, que dice que es “youtuber”.

M.: A mí me gusta ver que los de siempre siguen contando, que continúan reuniéndose en esta casa a trabajar, pero también a conversar y a enseñar a los más jóvenes. Disfruto escuchando todo lo que cuentan, de su trabajo y del nuestro.

R.: Ahora que vamos a estar en el hall, los oirás más a menudo, y verás a los investigadores que acuden a revisar nuestras notas o a los grupos de visita. Menos mal que dejaron de ponerles el dichoso “Marquillos”, como decía el anterior Presidente. Y yo que me alegré tanto cuando Diego y Antonio lo grabaron y lo hicieron sonar por primera vez en casa…

M.: Yo no lo he escuchado nunca, cántalo para mí, por favor.

R.: Ufff… Solo porque eres tú quien lo pide:

El traidor era Marquitos,    todos le llaman traidor,

por dormir con su señora    ha matado a su señor.

– Abre puertas, Catalina,    ábrelas, mi lindo amor.

– No te las abriré, Marcos,    no está en casa mi señor…


 (Paro. Grupo 1, 2. Anomalía sistema. Tensión…)

M.: Alguien viene.

R.: Será Marta o Sara, callemos, no queremos que se asusten de dos antiguos cuadros que hablan y cantan viejos romances.