La escritura “menuda, sobria y simplificada” de Menéndez Pidal

Ana Vian Herrero
Instituto Universitario Menéndez Pidal (UCM)

En 1923 la periodista, escritora y grafóloga Matilde Ras (1881-1969) publicaba en ABC un estudio grafológico de Ramón Menéndez Pidal, uno de varios otros de personajes ilustres incluidos en la columna semanal de ese periódico, titulada “Nuestras celebridades por dentro y por fuera”, que ella sostuvo hasta poco antes de morir.

De la grafología no se duda hoy como ciencia, muy especialmente en medicina legal o en la actuación judicial, pero en los inicios del siglo XX parecía una diversión o una curiosidad de aura mágica o supersticiosa que atrajo a mucho aficionado incompetente, según afirma la propia Ras, quien sabía de qué hablaba porque tuvo que ayudar a resolver problemas difíciles a los peritos calígrafos de la Dirección General de Seguridad en el Madrid de las vanguardias. En esta ciudad mantuvo un consultorio grafológico personal desde 1917 hasta su jubilación, descontados los años de la guerra civil.

La grafología científica empezaba a abrirse camino en España desde la década anterior y su introductora fue la misma Matilde Ras, a quien aún se consulta y, todavía hoy, la Asociación de Grafología Científica ensalza como pionera: “Ha sido la iniciadora de la grafología científica en España, la gran maestra –se puede decir sin miedo a errores–, de la mayor parte de los grafólogos profesionales actuales”[1].

Esa fue la disciplina que le abrió a Ras la posibilidad de escribir en publicaciones periódicas. En 1917 (Paris, ed. Detouche; versión esp. Barcelona, casa Editorial Estvdio) publica su Grafología. Estudio del carácter por la escritura, con prólogo del gran maestro francés en la materia, Jules Crépieux-Jamin, con quien se había formado. Como pensionada de la Junta para Ampliación de Estudios, asistiría en París, en 1923-1925, a los cursos de la Société Technique des Experts en Écritures, donde se diplomaría. “Se conocía, cuando yo empecé, muy poco la grafología en España”, dice en su Diario [1946].[2] Introduce pues en España, y luego en  Hispanoamérica y Portugal, la grafología clásica francesa, la científica.  En 1913 inicia un consultorio grafológico en la revista Por esos mundos y desde esas fechas son numerosas sus publicaciones sobre el tema: otros seis libros (el último, Lo que sabemos de grafopatología, de 1968) y numerosos artículos. Publicó en El Sol, La Voz, Estvdio, Blanco y Negro, Mundo Hispánico, diario Levante (Valencia), El Heraldo de Madrid, Estampa, Mundo Femenino, Crónica y la mencionada sección sobre “Nuestras celebridades por dentro y por fuera”, en ABC, desde 1922. El Instituto Internacional de Boston en Madrid también la contrató como profesora de Grafología práctica.

Esto es lo que leemos en la imagen adjunta (figura nº 1, ABC, 3 de junio de 1923, pág. 11):

 

El señor Menéndez Pidal dice que no cree en la adivinación grafológica. Y tiene perfectamente razón, porque la grafología no adivina: ve, observa, estudia, deduce. Si la escritura de un académico pudiera confundirse con la de su cocinera, habría que poner en el frontispicio de la grafología la palabra «Impostura». Pero si, como observó La Bruyère, «un necio no entra ni sale, ni se sienta ni se levanta, ni se calla ni permanece en pie, como un hombre de talento», ¿por qué en el acto de escribir, más voluntario y más inteligente que cualquier otro, no han de diferenciarse? Crea el señor Menéndez Pidal que, aunque faltase al pie de su grafismo su ilustre firma, no le hubiese confundido con el de un hortera…

Pero vamos al análisis. Las características de esta escritura, menuda, sobria y simplificada, son: la cultura, la concentración del pensamiento, la voluntad perseverante y la veracidad. El gusto por «el vivir encubierto» se revela claramente en la total ausencia de pose, propia de todo aficionado a la exhibición. Sencillez. Estricta economía. Hay también, en estas letras de diferentes direcciones, una sensibilidad contenida, esa actitud, un tanto dramática, del hombre que se pone en guardia contra su propio corazón[3].

 

Como puede verse tanto por la transcripción como en la imagen adjunta, Matilde Ras dedica casi la mitad de su columna a defenderse con desparpajo de una supuesta reserva pidaliana que no he podido localizar, ni tampoco conoce ninguno de los expertos pidalianos a los que he recurrido. Si ese reproche existió –puesto que la grafóloga es indiscutiblemente asertiva: “El señor Menéndez Pidal dice…”– quizás fue una declaración oral, o sencillamente la autora se adelanta a lo que supone una reserva del filólogo usándola como recurso para defender el cientifismo maltrecho de la disciplina, en cuyo caso la interpretación es distinta. En cualquiera de los dos supuestos, la construcción de una imagen es lo que subyace a este retrato, pues otras colaboraciones semejantes entran de forma directa en materia[4]. Quedaremos, por ahora, en la incógnita de si la supuesta reticencia de Pidal era ante la grafología misma –lo que parece en principio inverosímil en alguien que dedicó su vida a descifrar las más variadas escrituras manuscritas de todas la épocas– o se planteaba más bien ante el “por dentro”, ese “estudio del carácter por la escritura” derivado del análisis grafológico; esta segunda posibilidad tampoco termina de encajar, al menos con el último Pidal, el de treinta o cuarenta años más tarde, el de los trabajos sobre el Padre Las Casas, dado el marcadísimo interés que tuvo por arrimar hasta el final la personalidad del defensor de los indios a los trastornos de la psicopatología.

La construcción de la imagen que hace Ras abunda en la mayoría de los rasgos que se han convertido en etopeya vulgata de Don Ramón: cultura, concentración del pensamiento, perseverancia, veracidad, gusto por «el vivir encubierto» (¡el “vivir oscuro” de los epicúreos!), rechazo de todo alarde, sencillez, economía, sensibilidad contenida. De todos ellos, el último es quizás el más revelador y el más difundido, apoyado por un trato personal respetuoso, mesurado y siempre comedido que destacan todos los que lo conocieron en el ámbito profesional público. Pero antes hay que insistir en que la ejemplaridad de su modelo de trabajo de investigación en el Centro de Estudios Históricos se acompañó siempre de una prosa límpida, diáfana, sobria, precisa, muy amena y transparente, apartada de los adornos incontinentes y énfasis campanudos de buena parte de sus coetáneos. Es quizás esta vertiente estilística de Pidal la que determina, visto por otra escritora, aquel ponerse “en guardia contra su propio corazón” como rasgo de su temperamento intelectual. Se colabora así a ese “Menéndez Pidal hierático, un tanto acartonado, solemne, rancio o severo”, que el Presidente de la FRMP, en el acto inaugural del Bienio Pidalino celebrado en la Real Academia Española (26-XI-2018), ejemplificaba con los testimonios de Juan Ramón Jiménez y –por distintos motivos– de José Ramón Lomba y Pedraja, y contraponía a los de amigos, discípulos y corresponsales que lo conocieron de cerca. Habría que matizar que tras esta construcción de imagen se esconde una antítesis estilística imaginaria: la escritura en la que piensa Matilde Ras es la de la ficción, la que en su caso quedó oscurecida por su labor periodística y grafológica, pero que ahora empieza a editarse, estudiarse y hacerse por fin accesible[5]. En sus Cuentos de la Guerra, Ras, desde una posición inequívocamente aliadófila –son, dice, “cuentos inspirados en la desgracia y en el heroísmo de Francia”, pág. [31]–, escribe literatura antibélica, melodramática, desde la épica cotidiana del heroísmo individual o desde la remembranza lírica admiradora de románticos franceses y alemanes; domina la retórica de afectos y sentimientos. Lo que Pidal escribe es prosa científica. Hablamos de géneros literarios distintos.

La sección de ABC tiene importancia asimismo porque a la “celebridad” acompaña el retrato del sobresaliente pintor y retratista de intelectuales y artistas de toda su generación, Daniel Vázquez Díaz (1882-1969), modelo para pintores vanguardistas. Este retrato (véase figura nº 3) representa una imagen de don Ramón (del mismo año 1923, si no algo anterior) menos divulgada que otras de su iconografía: es, de acuerdo con el inventario, un dibujo a lápiz sobre papel barbado de 30 cm. x 24 cm., que ingresa en 1988 en el Museo Reina Sofía –procedente de la ordenación de fondos del Museo Español de Arte Contemporáneo, MEAC– (nº de registro AS02591). Vázquez Díaz realizó retratos de la España intelectual coetánea en una serie, Hombres de mi tiempo (Madrid, Instituto de Cultura Hispánica, 1957), ininterrumpida durante toda su vida[6]. Sus retratos –encargos aparte­– eran testimonio de admiración y amistad a individuos concretos, e intentaba plasmar alguna particularidad de la psicología esencial del personaje y de la atmósfera social, política o cultural que lo acompañaba, pues el retrato es “biografía pintada” o no es nada. Por esta vía, contribuyó también a la creación de la imagen de estas celebridades para la posteridad[7].

La variedad estilística de su galería iconográfica es llamativa[8]. El retrato de Menéndez Pidal (fig. nº 3) es dibujo sencillo e inmediato. Inmoviliza un rasgo esencial a partir del esbozo de un gesto o una expresión, entrecejo ensimismado del sabio abstraído con los ojos concentrados en la lectura. No fija la imagen “insensible”, pero sí la estudiosa, que transmite brío y respeto intelectual.


[1] Augusto Vels [Presidente de la Asociación profesional constituida el 10 de diciembre de 1984, Agrupación de Grafoanalistas Consultivos], “Semblanza de Matilde Ras”, Boletín de la AGC de España, nº 3, págs. 1-11, en pág. 11.

[2] Ivana Rota, “Matilde Ras (1881-1969)”, en Carmen Servén (dir.), http://www.escritorasenlaprensa.es/matilde-ras/). Elena Fortún y Matilde Ras, El camino es nuestro, eds. Nuria Capdevila-Argüelles y María Jesús Fraga Fernández-Cuevas, Madrid, Fundación Banco Santander, 2014, págs. 552-553.

[3] Matilde Ras, “Nuestras celebridades por dentro y por fuera. Retrato y estudio grafológico de D. Ramón Menéndez Pidal”, transcrito por María Jesús Fraga en Elena Fortún y Matilde Ras, El camino es nuestro, págs. 558-559.

[4] Compárese, por ejemplo, con el más demorado estudio grafológico de Azorín que incluye en ABC, 17 de diciembre de 1922, pág. 9 (v. figura nº 2 adjunta), cuya transcripción por María Jesús Fraga puede leerse también en Elena Fortún y Matilde Ras, El camino es nuestro, págs. 553-556.

[5] El mejor ejemplo es la edición reciente de sus antes inencontrables Cuentos de la Guerra (1915): Matilde Ras, Cuentos de la Gran Guerra, ed., introducción y notas de María Jesús Fraga, prólogo de Ángel Viñas, Sevilla, Renacimiento, 2016 (“Espuela de plata”).
[6] Para que sirva como contexto al dibujo pidaliano introduzco la lista, por orden alfabético, de las figuras más representativas, no solo intelectuales: Niceto Alcalá Zamora, Francisco Alcántara, Alfonso XIII, Melquíades Álvarez, Azorín (José Martínez Ruiz), los hermanos Baroja, Juan Belmonte, Jacinto Benavente, Mariano Benlliure, Albert Bernard, Antonio Bienvenida, Juan de la Cierva, Conde de Romanones, Rubén Darío, Gabriel D’Annunzio, Eugenio d’Ors, José Echegaray, Juan de Echevarría, Manuel de Falla, Paul Fort, Anatole France, Francisco Franco, Federico García Lorca, el Padre Luis Getino, Paul Guinard, Manuel Gómez Moreno, Ramón Gómez de la Serna, César González-Ruano, María Guerrero, José Gutiérrez Solana, Francisco de Icaza, Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Ramiro de Maeztu, Gregorio Marañón, Gregorio Martínez Sierra, Ramón Menéndez Pidal, Gabriel Miró, Gabriela Mistral, Amedeo Modigliani, Pedro Mourlane Michelena, José Ortega y Gasset, Armando Palacio Valdés, Ramón Pérez de Ayala, Benito Pérez Galdós, Pablo Picasso, Josep María Pijoan i Soteras, Pío XII, Indalecio Prieto, José Antonio Primo de Rivera, los hermanos Quintero, Alfonso Reyes, Auguste Rodin, Adolfo Salazar, Rafael Sánchez Mazas, Ignacio Sánchez Mejías, Berta Singerman, los hermanos Solana, Joaquín Sorolla, Elías Tormo, Leonardo Torres Quevedo, Dimitri Tsapline, Miguel de Unamuno, Margarita Xirgu, Javier Winthuyssen, Ignacio Zuloaga.
[7] “…Muchos de estos dibujos, como los muy célebres de Juan Ramón Jiménez o Rubén Darío, han fijado para siempre la imagen que de esos personajes han tenido las generaciones siguientes, confirmando el importante papel que, paradójicamente, ha seguido teniendo un género tradicional como el retrato en la época de las vanguardias”, en “Daniel Vázquez Díaz, Mis contemporáneos”, Fundación Cultural Mapfre Vida, Fundación Vázquez Díaz, Centro de Arte Moderno y Contemporáneo Daniel Vázquez Díaz de Nerva, http://www.vazquezdiaz.org/dvdmc.htm), junto con una muestra gráfica muy representativa de la exposición que glosa (consultado el 8-XII-2019).
[8] Como simple muestra de contraste, véase aquí (figura nº 2) el retrato de Azorín.