La Pasión según Alfonso. Dos notas a la Estoria de España [1]
Enrique Jerez Cabrero

Tras ciento trece años de buen servicio, la impagable edición pidalina de la Estoria de España [2], todavía de referencia para historiadores y filólogos, va pidiendo, exhausta, el relevo. Iniciativas no faltan: así, el proyecto de edición digital dirigido por Aengus Ward desde la Universidad de Birmingham (http://estoria.bham.ac.uk/) o la edición crítica de la Versión primitiva que prepara Inés Fernández-Ordóñez para la Biblioteca Castro.

Con todo, lo que no tardando mucho debe empezar a estar, a mi juicio, en el punto de mira de los estudiosos de la obra es su anotación, y en particular su anotación de contenidos, al modo de las que, por ejemplo, lucen las ediciones de la benemérita Biblioteca Clásica de la editorial Crítica. Véanse estas líneas como magra contribución a esa quimera, más propia del coraje de un Alfonso o de un Pidal que de un flaco jornalero de la Filología.

Para el caso, he querido escoger, entre las docenas de ellos, el acontecimiento que la inteligencia medieval consideró centro y origen, horizonte y recapitulación, de la historia universal; aquel ocurrido «en el año dieciochavo» del emperador Tiberio, cuando «fue el Nuestro Señor Jesucristo puesto en la Cruz en la cibdat de Jerusalem por salvar el linage de los omnes»; en efecto, a los «muy grandes fechos [que se mostraron] en la Su Pasión» está consagrado, por entero, el capítulo 161 de la crónica, y a dos de sus pasajes dedico aquí sendos breves comentarios tentativos [3].

I

La Virgen cubre la desnudez del Crucificado 

PCG, 161a16-43

E sabet que a la sazón quel pusieron en la Cruz, tan desnuyo e tan sin vestidura cuemo salió del vientre de la Virgen lo pusieron en Ella, assí que nol dexaron dessuso ningún paño grand ni pequeño; e Su Madre quel vio estar d’aquella guisa sin todo encubrimiento de las cosas vergoñosas, ovo ende grand cueita e grand pesar, e tomó ell arrede de lino de que trayé cubierta la cabeça, e dixo:
—¡Ay, varones, qué mesura que serié si oviesse ý alguno que pudiesse alcançar al Mi Fijo e tomasse aqueste paño e lo cubriese con él!
E maguer que ella esto dizié, no ovo ý ninguno que se trabajasse ende nin oviesse d’ello cuidado. Entonce la Santa Virgen, con coita, llegose con el paño ante la Cruz, e alçosse la tierra tanto que alcançó ella muy bien a atargelo, e atol con un nudo quel fizo, tal cuemo figuran agora aquellos que entallan o pintan el crucifixo.
Pero algunos dixieron sobr’aquesto que nol dio Su Madre aquel paño, mas la mugier quel diera la otra toca con que alimpiasse la cara cuandol prendién, quel vino suor tan afincado que cayén d’Él gotas de sangre en tierra; e tal fue el suor e de tal virtud, que fincó pora siempre la figura de la Su cara en aquella toca; e este es el paño que tienen en Roma a que llaman la Verónica.

  1. El aparato de fuentes de la edición pidalina da como desconocida la de estas líneas; todo lo más, remite al Cronicón Cordubense, lo que es envío circular, pues esta obra, descubierta por el propio don Ramón y editada por Lomax en 1982, no es más, en su primera parte, que una selección de pasajes sobre la vida de Cristo y la historia de la Iglesia hasta Constantino extractados, casi en su totalidad, de la Estoria de España [4].

 

  1. Esa compasión de la tierra, que eleva a María a la altura de Su Hijo, no la he encontrado todavía por ningún sitio antes o después que aquí. Recuerda a un caso parecido, a buen seguro de origen hagiográfico, que transmite la Primera Partida cuando, al tratar de ciertas elecciones episcopales singulares, que vienen designadas directamente por el Cielo mediante algún signo sobrenatural, menciona la de san Ambrosio, quien, antes incluso de ser bautizado, vio cómo «se alçó la tierra con él cuemo siella en que estava posado, e por essol tomaron pora obispo» [5].

 

  1. No parece haber unanimidad en la tradición con respecto al origen del paño anudado, que todavía hoy representan «aquellos que entallan o pintan el crucifixo». Frente al relato propuesto por Alfonso, la primera parte del apócrifo Evangelio de Nicodemo (las llamadas Actas de Pilato) afirma que fueron los soldados romanos quienes, «en llegando al lugar convenido, le despojaron de sus vestiduras [y] le ciñeron un lienzo» [6]. Si fuera cosa de tomar partido entre apócrifos, me decantaría por la versión alfonsí. Junto al argumento literario (es más hermosa y dramática la escena que pinta la Estoria), se me ocurre otro de tipo «analógico»: santa Brígida de Suecia (c. 1303-1373), en una de sus célebres Revelaciones, que tanto influyeron en la iconografía tardomedieval de la Natividad del Señor, dijo haber visto cómo la Virgen, en la Noche de Belén,

 

se descalzó, se quitó el manto blanco con que estaba cubierta y el velo que en la cabeza llevaba, y los puso a su lado […]. Sacó en seguida dos paños de lino y otros dos de lana muy limpios y finos, que consigo llevaba para envolver al Niño que había de nacer, y sacó otros dos pañitos del lienzo para cubrirle y abrigarle la cabeza al mismo Niño, y todos los puso a su lado para valerse de ellos a su debido tiempo.

Siendo así, la correspondencia se impone: María, que habría cubierto la desnudez del Recién Nacido, andando el tiempo cubriría también la del Crucificado.

    1. Sirva saber asimismo que los padecimientos marianos orilla de la Cruz conocen al menos otra manifestación en la literatura alfonsí: entre los Séte pesares que viu Santa María do Séu Fillo que hacen la cantiga 403, dos pintan a la Virgen en estos términos:

 

O quinto pesar fórte
foi quando o poséron
na Cruz e por conórte
azed’ e fél lle déron;
sobre séus panos sórte
deitaron e fezéron
per que chegou a mórte,
onde prazer houvéron.

O sésto foi sen falla
quando o despregaron
da Cruz e con mortalla
a soterrar levaron
e temendo baralla
o sepulcro guardaron;
mais pois, se El me valla,
alí nono acharon.



Folios 63r, 63v y 64r del manuscrito toledano de las Cantigas (hoy 10069 de la bne), único en que aparece el Via Matris alfonsí.

    1. La intervención de santa Verónica limpiando el rostro de Cristo camino del Calvario (noticia procedente del apócrifo Evangelio de Nicodemo) es bien conocida, y todavía hoy se recuerda en la sexta estación del viacrucis («La Verónica enjuga el rostro de Jesús»). Cierta tradición ha identificado a esta piadosa mujer con la hemorroísa de los evangelios sinópticos (Mt 9:20-22, Mc 5:25-34, Lc 8:43-48), y otra, muy antigua y divulgada, la hace portadora de una imagen de Cristo (conseguida de Su mano antes de la Pasión) que habría logrado curar al emperador Tiberio de una grave enfermedad, según consta en el tardío Evangelio de la muerte de Pilatos. Con respecto al paño, que la Estoria sitúa en Roma, en el que habría quedado impreso el rostro de Jesús antes de la segunda caída en la Via Dolorosa, hoy día al menos dos enclaves españoles se disputan su custodia: el monasterio de la Santa Faz (en San Juan de Alicante) y la catedral de Jaén [7].

 

    1. En cualquier caso, la presencia de la Verónica junto a la Cruz, tal como sugiere la narración alfonsí, es más rara: solo la encuentro en el singular relato que trae el llamado Libro de Gamaliel, narración anónima en torno a la Pasión falsamente atribuida a san Pedro Pascual (c. 1127-1300) [8]. Allí se cuenta que una jerosolimitana llamada Verónica se presentó ante el Crucificado con el cuerpo llagado por la lepra y llorando amargamente. La Virgen, compadecida, le preguntó el motivo de su dolor, y ella Le explicó que albergaba la esperanza de ser curada por Jesús y que, al verle en aquel estado, había quedado abatida. María, entonces, le pide a la mujer «essa tovaja [‘toalla’, ‘paño’] que tienes sobre tu cabeça» (según la traducción castellana de Juan de Molina; Sevilla, 1534) y, «con gran dolor e congoxa», enjuga con ella el rostro de Su Hijo. De inmediato, el semblante del Redentor queda impreso en la tela y, devuelta a la mujer de manos de la Virgen, opera en ella el milagro de la curación [9].

 

    1. Pero puestos a lucir milagros in extremis de María con intervención de Su toca, mayor y muy hermoso es el que la tradición oral moderna nos ha conservado en el romance devoto La toca de la Virgen y el alma pecadora. En él, un pecador empedernido muere sin recibir los auxilios sacramentales y es condenado al infierno, tras una larga enumeración de reproches por parte del Juez Supremo:

Yo te dejé la mi misa:   siempre la visteis corriendo;
yo te dejé mi rosario:   siempre le encuentro por suelo;
yo te dejé mis azotes:   siempre andas huyendo de ellos;
yo te dejé mis ayunos:   siempre te encuentro comiendo.
Entre la Hostia y el Cáliz ,  siempre te andas divirtiendo;
luego lo irás a penar   a los profundos infiernos,

en versión de la localidad segoviana de Valseca recogida en 1920 por Aurelio M. Espinosa de boca de Petra Hijosa, de 28 años. El alma pecadora queda trastornada, y en esto aparece la Virgen, que implora a Jesús clemencia para ella:

Por la leche que mamaste   de estos virginales pechos,
me perdones aquesta alma,   mira que se va perdiendo,

conforme a la versión de Sorriego, Asturias, recitada por Nazarena Estrada, de 22 años, a los hermanos Juan y Ramón Menéndez Pidal en 1909. De inmediato es requerida la presencia de san Miguel, para que pese el alma, cuyos pecados son tantos que la balanza se desploma. Pero he aquí que María coloca Su toca en el platillo correspondiente y el peso se equilibra: el alma se ha salvado. Una escueta versión de Aldealengua de Pedraza (Segovia), recogida por el matrimonio Menéndez Pidal – Goyri en 1904, concluye de esta manera: 

San Miguel pesa las almas,   llega la balanza al suelo;
puso la Virgen su toca   y se ha quedado en silencio.

 

II

San Dionisio Areopagita barrunta la muerte del Creador y se convierte

 PCG, 161a12-24

Entonce san Dionís, que era aún gentil e grand filósofo, seyé a su estudio en Atenas, e cuemo entendié por el saber de las estrellas que no era entonce tiempo en que el sol deviesse escurecer, e lo vio tan escuro, dixo:

 —O el Dios de la natura sufre alguna fuerça, o toda la fechura del mundo se suelta pora caer e destroírse todo.

E escrivió él luego con su mano estas palavras, e assí las mostró depués a san Paulo, que vino a él empós esto, e predicol e convertiolo a la fe de Cristo.

  1. Según el aparato de fuentes que figura en la edición pidalina de nuestra crónica, el pasaje está tomado del Speculum historiale, de Vincent de Beauvais, pero eso sí: «resumido y con ligera adición». A la vista del original ([…] tunc Athenis vigebat studium, et cum inquisissent philosophi causam tenebrarum, nec invenire possent, dixit Dyonisius Ariopagita, quod deus nature patiebatur > ‘[…] entonces florecía en Atenas el estudio, y cuando los filósofos buscaron la causa de las tinieblas y no la encontraron, Dionisio Areopagita dijo que el dios de la naturaleza estaba sufriendo’), el detalle añadido parece ser el de haber escrito el filósofo pagano sus propias palabras en un papel que con el tiempo acabaría mostrando a san Pablo cuando la predicación ateniense del Apóstol. No es descartable, en cualquier caso, que lo que parece una adición sea más bien el resultado de malentender o conjeturar el significado del pasaje que sigue en el latín del Belovacense: Et fecerunt ei aram, et superscripserunt «ignoto deo», de qua legitur in Actibus (> Y le hicieron un altar, y escribieron en él «dios desconocido», como leemos en los Hechos [de los Apóstoles, 17:23]) [10].

 

  1. En este sentido, valga airear la conjetura siguiente: el más antiguo ejemplar del Speculum historiale conservado en España es el conformado por los volúmenes 47-1, 47-2 y 47-3 de la Biblioteca Capitular de Toledo, copia del siglo xiii legada a la catedral por su arzobispo Jimeno de Luna, que lo fue entre 1328 y 1337. En el pasaje en cuestión el super de superscripserunt está como insertado a toro pasado (por previa omisión involuntaria, se entiende) y muy abreviado: «sr» con lineta, como puede verse en la imagen. Me pregunto si no pudo este hecho poner en dificultades a los alfonsíes, aunque tampoco se aprecie claramente de qué manera podrían haber interpretado la abreviatura como para inducir tanta novedad. Más fácil quizá sea pensar en al menos un testimonio intermedio que, todavía en latín, hubiera desplegado el super de algún modo, más o menos audaz o más o menos torpe, que hubiera inspirado o despistado al traductor.

Folio del manuscrito 47-1 de la Biblioteca Capitular de Toledo en el que figura la lectura de marras, destacada debajo.

 

  1. De vuelta sobre el relato, lo que la Estoria no cuenta, y sí la tradición griega (fundada parcialmente en el relato de san Lucas incluido en los Hechos), es que, siendo el Areopagita un reputado juriconsulto y sabio ateniense, se vio fascinado por la predicación de san Pablo, quien había viajado a Atenas con el fin de evangelizar a sus habitantes. Es el caso que el Apóstol, al toparse allí con un altar consagrado «al dios desconocido», aprovechó para hablar de Jesucristo, de Su naturaleza divina, de Su vida terrenal y de Su resurrección. Cuando Dionisio supo que aquel inexplicable oscurecimiento del mundo había coincidido precisamente con el instante de la muerte de Cristo, supo de inmediato que Este era el Dios único y verdadero.

 

  1. El tema de la conversión de san Dionisio ligado al relato de la Pasión se encuentra asimismo en uno de los textos más tempranos del teatro español: el Auto de la Pasión, del dramaturgo y músico salmantino Lucas Fernández (1474-1542). De hecho, la trama de la obra está armada en torno al fingido encuentro entre san Pedro y «Dionisio de Atenas, sabio»: este (que, según la rúbrica que encabeza la obra, «venía espantado de ver eclipsar el sol e turbarse los elementos, e temblar la tierra e quebrantarse las piedras sin poder alcanzar la causa por sus reglas de astronomía») será conducido, de la mano del primero, a través de distintas escenas de la Pasión, con el fin de ser adoctrinado en los misterios divinos, que, como pagano, no podía comprender. Una vez desplegado el hilo argumental, y demostrada la naturaleza última del Salvador, Dionisio pedirá, al final de la obra, ser llevado junto al Monumento, a cuyos pies caerá de rodillas, en rendida señal de adoración.

 

 

[1] Esta aportación refríe y amplía lo expuesto en los rinconetes «Los fechos de la Pasión (I, II y III)», consultables en https://cvc.cervantes.es/el_rinconete/anteriores/febrero_19/11022019_01.htm.

[2] Primera Crónica General. Estoria de España que mandó componer Alfonso el Sabio y se continuaba bajo Sancho IV en 1289, Madrid: Bailly-Baillière, 1906.

[3] Para la transcripción de los textos, síguense, en general, los criterios de presentación crítica propuestos por P. Sánchez-Prieto Borja en Cómo editar los textos medievales (Madrid: Arco-Libros, 1998).

[4] D. Lomax, «El Cronicón cordubense de Fernando Salmerón», en Estudios en memoria del profesor d. Salvador de Moxó, Madrid: iucm, 1982, págs. 595-642 (en concreto, págs. 597 y 601).

[5] Alfonso X el Sabio, Primera Partida según el manuscrito Add. 20.787 del British Museum, ed. J. A. Arias Bonet, Valladolid: Universidad, 1975.

[6] Los evangelios apócrifos, ed. A. de Santos Otero, Madrid: bac, pág. 415. Por cierto, en su n. 34, el editor y comentarista moderno del pasaje también se siente inclinado, como Alfonso, a poner en relación texto e imagen, al conjeturar que «quizá tenga aquí su origen la costumbre, corriente en nuestra iconografía, de representar a Jesús crucificado con un lienzo ceñido a la cintura».

[7] La proliferación de esta reliquia a lo largo y ancho de la Cristiandad se ha explicado ingeniosamente en virtud de los varios pliegues en que estaría doblada la tela original.

[8] En un artículo de juventud, el ubicuo don Ramón puso también orden en las obras conservadas del santo obispo de Jaén: R. Menéndez Pidal, «Sobre la bibliografía de san Pedro Pascual», Bulletin Hispanique, iv (1902), 297-304; reimpreso en el Boletín de la Real Academia de la Historia, xlvi (1905), 259-266.

[9] J. Fradejas Lebrero, Los evangelios apócrifos en la literatura española, Madrid: bac, 2004, págs. 334-335.

[10] Por cierto que, si no recuerdo mal, la noticia la trae también fray Juan Gil de Zamora en su inédito Liber Ihesu (ms. 2081 de la Biblioteca Histórica de Salamanca).

Folios 63r, 63v y 64r del manuscrito toledano de las Cantigas (hoy 10069 de la bne), único en que aparece el Via Matris alfonsí.