La historia del Romancero Tradicional de las Lenguas Hispánicas (RTLH) se describe en este artículo de J. Antonio Cid escrito in memoriam de Diego Catalán en 2009. A continuación se transcribe la parte relativa al RTLH.

El «Romancero Tradicional de las Lenguas Hispánicas», en
«Diego Catalán. De los campos del Romancero al Olivar de Chamartín»

por J. Antonio Cid (2009)

En su libro de 2001, El Archivo del Romancero, patrimonio de la humanidad, subtitulado «Historia documentada de un siglo de Historia», [Diego] Catalán escribe, en realidad, unas memorias familiares y personales, con el Romancero como trasfondo o hilo conductor, y, a veces, también como pretexto. La documentación es, en efecto, sobreabundante al historiar el largo proceso de génesis, realización, edición parcial, y posterior abandono de aquel «utópico» «Romancero General» hispánico. Claro está que en esa documentación no se califica nunca de «utópico» el proyecto. Lo sorprendente es que del examen de la documentación reunida por Catalán sólo cabe deducir que el proyecto de edición del «Romancero General» hispánico no ha contado nunca con un plan global preciso, completo, ni coherente. De los bocetos de organización trazados por Menéndez Pidal lo único que queda meridianamente claro es que Don Ramón sólo dejó unas notas de generalidad suma, y que su idea de cómo realizar la edición experimentó cambios sustanciales. Distintas anotaciones de entre 1929 y 1932 presentan tres planes distintos que en conjunto ocupan menos de dos páginas y, sin embargo, ofrecen un panorama de insólita amplitud. Para empezar, en lo que parece ser la anotación más tardía, de 1932, el plan de edición incluía conjuntamente el estudio y edición del Romancero y la Épica, y ese proyecto, con los títulos de «Gestas y Romancero» (1931), o «Epopeya y Romancero» (1932), sería el que se intentó iniciar en la última época del Centro de Estudios Históricos, contando con una donación de la Hispanic Society de Archer M. Huntington. En cuanto al Romancero propiamente dicho, Don Ramón en sus distintos planes preveía incluir además de los textos del Romancero viejo y sus derivados en la tradición oral moderna, todas las composiciones cultas en metro de romance, desde los romances trovadorescos del XV y el Romancero erudito y nuevo del XVI «hasta hoy», incluyendo a Moratín, Zorrilla, el Duque de Rivas, los temas de la Guerra de África, composiciones americanas sobre Bolívar, los romances vulgares y... el Romancero «gitano» de García Lorca. Súmese que se distinguen «doce épocas» del Romancero, cada una de las cuales debía ser estudiada de acuerdo con la «Estimación» que el género merecía, su «Carácter», y su «Difusión», o que se trazaba una distinción entre «Romances» y «Baladas», en consonancia con su estudio publicado en 1927, cuyo fundamento es más que discutible. El conjunto de la obra, incluyendo la épica medieval, los estudios correspondientes y las melodías, contaría con ocho (plan de 1931) o diez (1932) volúmenes8. Parecen haber existido también vacilaciones en cuanto a separar o unir el Romancero «viejo» al de la tradición oral moderna, aunque la idea última era publicar los dos corpora por separado.

No cabe duda que la visión de Menéndez Pidal era ambiciosa, pero también sencillamente irrealizable, más que «utópica», y, sobre todo, arcaica. Don Ramón era fiel aquí a una concepción decimonónica, en la que los temas épicos o legendarios se estudiaban en todo su desarrollo temporal, como un continuum, desde los orígenes hasta sus últimos derivados. A ese modelo corresponden sus estudios y ediciones sobre los Infantes de Salas (1896) y el Rey Rodrigo (1924 y 1925-1928), excelentes monografías en su tiempo, pero no por ello menos inadecuadas para servir de guía a una edición del Romancero.

En un informe dirigido a Huntington en 1929, Menéndez Pidal afirmaba: «Romancero español. Trabajo en él desde hace 30 años. Tengo reunido un material que supera con mucho en cantidad e importancia al publicado por F. J. Child, The English and Scottish Popular Ballads, que es la principal colección de cantos populares». En efecto, la obra de Child en su última y definitiva versión se conservaba en su biblioteca, aunque sin las señales de uso o anotaciones que Don Ramón prodigaba en los libros efectivamente manejados. En cualquier caso, es bien sabido que Child no llegó a redactar nunca el estudio general que proyectaba como remate de su obra, en el que pensaba exponer sus criterios de edición y ordenación, que sin embargo le preocuparon obsesivamente, como se revela en su correspondencia con Grundtvig y otros estudiosos9. Don Ramón no parece haber tenido en cuenta los precedentes de edición de las colecciones danesa y alemana, más relevantes como posible modelo por incluir baladas recogidas y publicadas desde el siglo XVI en adelante en proporción muy superior, sobre todo la danesa, a la colección angloescocesa. Las Danmarks Gamle Folkeviser no figuraban en la biblioteca de Menéndez Pidal, aunque los primeros tomos sí fueron adquiridos por el Centro de Estudios Históricos y se conservan hoy en el CSIC, y en cuanto a la espléndida colección dirigida por John Meier, Deutsche Volkslieder mit ihren Melodien. Balladen, su publicación se inició en 1935, por lo que está excluido que Menéndez Pidal la manejase en la época de los planes esbozados para aprovechar el donativo de Huntington, pero Don Ramón mantuvo correspondencia con Meier y conocía sus trabajos anteriores. No dejará de sorprender que los primeros fascículos de las Balladen de Meier, que sí llegaron a su biblioteca, siguieran intonsos cuando después de la guerra civil se inició la publicación del Romancero Tradicional de las Lenguas Hispánicas, y así permanecieron hasta muchos años después. En conclusión, Menéndez Pidal ignoró toda la casuística europea sobre la edición de las grandes colecciones baladísticas concebidas con criterios científicos modernos.

En definitiva, su proyecto de publicación del Romancero incluía géneros y subgéneros sin más relación que la comunidad temática con los romances orales, al margen de estilos y épocas; y su plan editorial sólo parece haber alcanzado un mínimo grado de concreción en cuanto a los temas de origen épico.

Aunque en los años inmediatamente anteriores a la guerra civil consta que el Centro de Estudios Históricos destinó recursos y colaboradores a los volúmenes III, V y VII de «Epopeya y Romancero», que incluirían el «Romancero viejo. Estudio y bibliografía», y las melodías del Romancero «viejo» y «barroco», la descripción que hizo Rafael Lapesa de las tareas encomendadas evidencia que su participación en el volumen III consistía en trabajos muy preliminares (fechación de pliegos sueltos, copia de textos en la Biblioteca nacional, puesta al día de trabajos anteriores de Menéndez Pidal)10. Es claro también que la intervención personal de Don Ramón se centró en los volúmenes dedicados a la épica.

En julio de 1936 se hallaba en impresión el volumen primero de la colección: Epopeya y Romancero, I; la destrucción en un bombardeo de la Casa Editorial Hernando, y la posterior condena como papel de desecho por parte del nuevo CSIC de la parte impresa en capillas11, marca el final del primer intento de culminar una edición plenaria del Romancero hispánico, aunque fuera con un plan general anómalo y que, de existir con mayor concreción, se hallaba sólo en la mente de Don Ramón.

Cuando en 1947 Menéndez Pidal creyó posible, con el apoyo del Instituto de Cultura Hispánica, reanudar sus trabajos interrumpidos, los proyectos sobre el Romancero vuelven a evidenciar un estado muy preliminar a una edición propiamente dicha: los objetivos se reducen a la obtención de fotografías de pliegos y colecciones antiguas, y a decisiones sobre la forma de imprimir las melodías. Don Ramón, por otra parte, dedicó su atención a redactar su introducción general, la «teoría e historia», al Romancero, o se «dispersó» –como amistosamente se lo reprocharían varias veces Américo Castro y Amado Alonso– en trabajos de muy diversa índole. Gracias a lo primero, sin embargo, el Romancero español cuenta con un estudio preliminar de conjunto, ciertamente magistral, que no existe en absoluto, o en forma remotamente comparable, en las magnas colecciones de Child, Grundtvig o Meier: el Romancero hispánico (Hispano-portugués, americano y sefardí) Teoría e historia (1953). Pero la edición de los textos quedaba una vez más pospuesta. Con sorprendente optimismo Menéndez Pidal declaraba en una entrevista de marzo de 1947: «Preparo una edición monumental del Romancero para la cual he trabajado durante más de cincuenta años»; y a la pregunta de «¿Cuándo comenzará a publicar el Romancero?», respondía: «Probablemente el próximo año». El optimismo se fundaba en el mencionado apoyo institucional a su «Seminario de Estudios Históricos», dentro del cual se adjudicaron dos becarios al Romancero hispánico: Álvaro Galmés y Diego Catalán12. Los cambios políticos debidos a enfrentamientos internos dentro de las distintas «familias» ideológicas y de poder que sustentaban el régimen franquista pronto redujeron a la nada el apoyo del Instituto de Cultura Hispánica al centro de Menéndez Pidal, y en enero de 1950 se le comunicó el cese de todos sus colaboradores13.

No era tan fácil, aunque ese fuera el deseo de una parte conspicua de la cultura oficial española en los años 1950, liquidar o silenciar la herencia de Menéndez Pidal y su escuela. En 1954, con motivo de la celebración del 85 aniversario del «Nestor» de los estudios hispánicos, se creaba un nuevo centro, esta vez en la Universidad Complutense, el «Seminario Menéndez Pidal», con la idea de dar continuidad institucional a los campos de trabajo cultivados por Don Ramón, y el primero de los que se mencionan en la orden ministerial del 13-III-1954 es el Romancero. Aunque el Seminario vivió en condiciones de precariedad que han durado hasta nuestros días, fue posible retomar varios de los proyectos iniciados en 1947, y en especial la edición del Romancero. Menéndez Pidal, entre los objetivos del nuevo centro señalaba: «Romancero. Trabajo de ponerlo al día, abandonado hace unos 14 años». El abandono no había sido total, y de hecho en el frustrado primer «Seminario de Estudios Históricos», entre 1947 y 1950, se había avanzado considerablemente en la preparación de los volúmenes de romances de origen histórico-épico. Ahora, contando con la participación de nuevos becarios (José Caso González y Mª Josefa Canellada) pudieron ultimarse los dos primeros volúmenes del RTLH. Aunque el «plan» editorial era el primitivo de Don Ramón, la dirección efectiva y la responsabilidad final fueron plenamente de Diego Catalán.

En El Archivo del Romancero... Catalán expone con sumo detalle el accidentado proceso de la preparación y edición de estos primeros tomos: Romanceros del rey Rodrigo y de Bernardo del Carpio, y Romanceros de los condes de Castilla y de los Infantes de Lara. Las dificultades procedían, una vez más, de la inestabilidad presupuestaria del nuevo centro de estudios y la inseguridad en que se movían los colaboradores y becarios; pero existieron, sobre todo, razones de índole organizativa y científica. Cercano a los noventa años, y compartiendo su interés por el Romancero con varias otras tareas pendientes y actividades, Menéndez Pidal no estaba en condiciones de ejercer una dirección editorial efectiva y se limitó a atender consultas puntuales y aceptar las sugerencias de Catalán, al margen de proporcionar sus antiguos estudios, que fueron objeto de actualizaciones a cargo de diversos colaboradores y en tiempos muy distintos, desde las antiguas copias de textos realizadas por Rafael Lapesa antes de 1936 a modificaciones muy de última hora, pero sustanciales, realizadas sobre pruebas de imprenta por Caso González y Catalán. Antes, las adaptaciones del volumen primero con que se contaba eran las realizadas por Catalán en unos años en que «al tiempo en que escribía ya me juzgaba yo como demasiado inmaduro», y que consideró preciso revisar. Unos volúmenes, pues, que se componían, en especial el segundo, «por partes». Súmese que Catalán se desplazó a Canarias en 1954 y en 1955-1957 pasó a Berkeley; que antes de 1957 también dejaron el Seminario de Madrid Galmés y Caso; y que Rafael Lapesa, subdirector del centro y en quien recaían las responsabilidades administrativas, pasó más de un curso académico en universidades de Estados Unidos. El proceso de preparación de los volúmenes se hizo a distancia, con las pruebas de imprenta cruzando el Atlántico, con malentendidos varios entre los colaboradores, y otros inconvenientes que alargaron el proceso mucho más de lo previsto. El segundo tomo, terminado teóricamente en 1958, se imprimiría sólo en 196314.

El resultado final de unos volúmenes de tan larga gestación no fue satisfactorio. Las cuatro páginas del «prologuillo» de Menéndez Pidal, cuya insuficiencia reconoce Catalán pese a que intervino en su redacción, no era, evidentemente, la introducción que merecía una obra de esta índole, y la presentación tipográfica de los volúmenes dejaba mucho que desear. Peor aún es que el Romancero propiamente «viejo» y «tradicional» quede poco menos que sepultado entre introducciones sobreabundantes sobre la materia épica y cronística, y, sobre todo, ante los textos del romancero erudito y nuevo que adquirieron, además de ser mucho más numerosos, un mayor realce editorial que las versiones orales, publicadas en cuerpo menor y en prosa seguida.

No cabe dudar que, pese a las deficiencias señaladas, el antiguo proyecto de edición global del Romancero hispánico concebido por Menéndez Pidal empezaba a tomar cuerpo. Varios temas romancísticos aparecían por primera vez editados en forma rigurosa y ordenada, y se daban a conocer varias decenas de versiones inéditas procedentes de la tradición oral moderna. Otra cuestión es que ese plan de edición, en la forma ultimada por Catalán, no respondiera a lo que era ya norma establecida en las grandes colecciones baladísticas europeas. La proyección nacional y en el exterior de estos primeros volúmenes, a juzgar por los escasos ecos en reseñas de revistas filológicas y en publicaciones especializadas, fue casi nula.

El Romancero Tradicional de las Lenguas Hispánicas debía continuarse con el Romancero del Cid, extraordinariamente amplio si, de acuerdo con el plan original, habían de incluirse los romances eruditos y nuevos. José Caso González en su última etapa en el Seminario había empezado a preparar la edición de este tercer volumen, pero todo el proyecto de edición global experimentó un brusco cambio, y se abandonó el orden previsto. Este cambio de rumbo lo explicaba Diego Catalán como consecuencia de unas críticas severas formuladas por Antonio Rodríguez Moñino en 1961 a la edición de los romances eruditos y nuevos en el volumen primero, que no había tenido en cuenta la bibliografía actualizada de las colecciones quinientistas y seiscentistas, en gran parte aclarada por el propio Rodríguez Moñino. En consecuencia, Catalán, además de revisar a fondo los textos impresos que se publicaban en el volumen segundo, tomó la decisión de que los siguientes volúmenes se dedicaran a romances muy difundidos de la tradición oral moderna, y con escasa presencia de textos del romancero viejo y ninguna del romancero nuevo del siglo XVI. Esa explicación la he oído de Diego Catalán varias veces, y también en su libro de 2001 se exponen pormenorizadamente las críticas de Rodriguez Moñino y las razones, en buena parte personales, de la hostilidad del gran bibliógrafo. Pero, sorprendentemente, Catalán aclara que la idea de «romper con el orden histórico» era muy anterior a las censuras de Rodríguez Moñino, y transcribe un párrafo de una carta suya a Rafael Lapesa de enero de 1957, en donde manifiesta: «Mi idea es que, tras esos dos tomos, se saque uno preferentemente de tradición moderna para dar una muestra de la colección en ese aspecto. Hay un tema muy trabajado ya por nosotros, el de la ‘Boda estorbada’, que podría publicarse sin gran dificultad»15.

En cualquier circunstancia, y al margen de las dificultades que se preveían para la publicación del Romancero cidiano, esta decisión suponía subordinar la edición del RTLH a criterios simplemente coyunturales, y la renuncia definitiva a que la colección tuviera una ordenación coherente y un carácter orgánico de cualquier tipo.

En una apreciación retrospectiva, las dificultades advertidas procedían sin duda alguna del primitivo «plan» de Menéndez Pidal y de su amplitud genérica, un plan que Catalán, pese a algunas reservas, no había modificado. Es claro el interés literario del Romancero cronístico o erudito, y del artificioso o nuevo, pero se trata de géneros poéticos muy distantes, estilísticamente, del Romancero «tradicional». Hacerlos coexistir implicaba, además de un aumento desmedido del trabajo y la extensión, desnaturalizar la edición del corpus del Romancero hispánico si por tal se entiende el Romancero «viejo», «oral», «tradicional» o «popular». El éxito y la grandeza de las empresas culminadas o iniciadas por Grundtvig, Child y Meier, en las respectivas ramas baladísticas que publicaron, venía dado por su rigor y exhaustividad editorial unidas al acierto en acotar con precisión los temas que responden a un género literario específico («Gamle Folkeviser», «Popular Ballads», o «Volkslieder: Balladen»), y excluir, salvo para las oportunas ilustraciones de la difusión de determinados temas, los textos de procedencia no tradicional16. Es cierto que en el Romancero hispánico la interrelación de los subgéneros cultos o semicultos con la tradición oral es más acusada que en otras áreas europeas, y que desde las colecciones impresas o manuscritas del siglo XVI se produce la coexistencia de romances de muy distinto origen, pero ello no eximía de la exigencia de delimitar un concepto de «balada narrativa» o «romance tradicional» homólogo al que utilizaba en el resto de Europa. Sin duda pocos estudiosos europeos contribuyeron más a la definición del «estilo» tradicional que Menéndez Pidal pero, por paradoja, ello no fue determinante a la hora de plasmar un proyecto consecuente de edición de los romances verdaderamente «tradicionales».

La renuncia a continuar la edición del Romancero con su ordenación inicial, al menos en la única parte estructurada que conocemos del plan de Menéndez Pidal, es decir la referente a los romances épico-históricos, permitía obviar por el momento la coexistencia de géneros. Con notable rapidez se publicaron entre 1969 y 1972 los volúmenes III a V de la serie, que incluían los romances llamados de «Tema odiseico»; con la excepción del romance viejo juglaresco de El Conde Dirlos, los varios cientos de versiones publicadas eran textos de la tradición oral moderna de los siglos XIX y XX, y en su mayoría pertenecientes a un único tema romancístico, La boda estorbada o La condesita. Los siguientes volúmenes, del VI al VIII (19751976), que estuvieron a mi cargo, se dedicaron exclusivamente al romance de Gerineldo, y la razón para elegirlo no era otra que su vinculación en la tradición oral moderna con el de la Condesita, formando habitualmente un romance «doble», y que también había sido objeto de estudios previos de «geografía folklórica» por parte de Menéndez Pidal, Catalán y Galmés, lo que facilitaba la identificación de versiones y los criterios de clasificación tipológica. El resto de los volúmenes tuvieron su origen en corpora de romances que habían sido estudiados previamente en cursos universitarios de Catalán y sobre los que había trabajado estudiantes norteamericanos (La dama y el pastor, X-XI, 1977-1978; La muerte ocultada, XII, 1985), o que habían interesado a un estudioso vinculado al Seminario, Antonio Sánchez Romeralo, por su relación con el villancico lírico (Romancero rústico, IX, 1978). El resultado es que se puso a disposición de los interesados en el Romancero un conjunto de varios miles de versiones, rigurosamente editadas por primera vez, además de ordenadas y estudiadas con solvencia en cada caso individual. No cabe soslayar, sin embargo, que al inconveniente de que el conjunto de los volúmenes se configurase con una extraña apariencia de disjecta membra o cajón de sastre, dada la heterogeneidad de los temas romancísticos elegidos para publicación, se sumaba el que los estudios preliminares y los criterios editoriales en las etapas previas de preparación no respondían a un patrón unificado, al obedecer a intereses y enfoques muy diversos, según la competencia y objetivos de los distintos editores. Sólo a posteriori, Catalán y los miembros permanentes del Seminario en Madrid ejercían una labor de regularización, que nunca podía ser completa.

Este anómalo taller de elaboración del RTLH era el que se deseaba continuar en la década de 1980. La continuidad de la serie, sin embargo, estaba subordinada en una mayoría de casos a la presentación de tesis doctorales que los colaboradores españoles y americanos realizaban sobre distintos corpora de romances. Es bien sabido que por afán de perfeccionismo, confluencia de otras tareas, crisis personales y profesionales, o la necesidad de integrarse en el mundo laboral, las tesis doctorales proyectadas no siempre fructifican y, en ningún caso, puede dependerse de ellas para planificar un calendario editorial. Con la excepción de La muerte ocultada, ningún otro de los volúmenes previstos (La infantina y el caballero burlado; El Conde Claros; La Serrana de la Vera y romances de Mujeres matadoras; Romancero noticiero del siglo xiv; El veneno de Moriana; Romances bíblicos...) llegó a concluirse, pese al muy considerable tiempo y trabajo que se dedicó en muchos casos a su preparación.

Catalán no llegó a reconocer lo cuestionable, o simplemente absurdo amén de impracticable, del método de trabajo del que dependía la publicación del, ahora sí, utópico «Romancero general» hispánico, a expensas de antiguos trabajos escolares de estudiantes americanos que había que rehacer de principio a fin, o de tesis doctorales in fieri. Formalmente, la publicación de nuevos volúmenes de la serie seguía figurando como trabajo en curso de realización, y prioritario, en las memorias y proyectos presentados ante distintas instancias, la última vez en 198917. De hecho, y en términos reales, el RTLH había sido abandonado años antes. Para justificar la interrupción, Catalán se fundaba en otras razones que, sin duda alguna, son ciertas y, además, dieron lugar a una actividad febril y productiva en grado sumo.

Por una parte, la tradición oral del Romancero en España y en el mundo hispánico seguía viva, y exploraciones recientes habían evidenciado que en muchas áreas seguían recogiéndose versiones valiosas, incluyendo hallazgos ciertamente sensacionales, de prácticamente todos los temas romancísticos de importancia. El corpus del Romancero no estaba, pues, cerrado, y era urgente dedicar la máxima atención posible a nuevas encuestas de campo por parte del propio Seminario Menéndez Pidal, y a estimular las recolecciones realizadas por otros colaboradores y estudiosos, dada la aguda conciencia de que los cambios profundos en el medio rural hacían inevitable la desaparición del Romancero a corto plazo. Catalán ofrece en su libro de 2001 una amplia crónica de los trabajos de campo realizados entre 1977 y 1985, y de sus espectaculares resultados, y es fácil extraer la consecuencia: hasta que no se considerase suficientemente explorada la tradición oral, por residual que fuese en una mayoría del mundo hispánico, la preparación de los corpora del RTLH era forzosamente provisional.

En otro terreno, tampoco la bibliografía del Romancero, especialmente compleja tanto en lo que atañe a los textos del siglo XVI como, sobre todo, en los de la tradición del XIX y el XX, estaba fijada con la exactitud deseable. En la preparación de los volúmenes en curso continuamente aparecían materiales útiles que no estaban incorporados al Archivo Menéndez Pidal-Goyri, nunca puesto al día sistemáticamente desde 1936, y en las décadas de 1970-1980 había proliferado la aparición de versiones de romances en las publicaciones más insospechadas. Era así necesario emprender la elaboración de inventarios bibliográficos, y a ello se dedicaron esfuerzos notables. Las bibliografías se transformaron pronto en «Catálogos-índice» que describían conjuntamente las versiones impresas y las inéditas del Archivo Menéndez Pidal y otros fondos documentales. Una de la últimas obras dirigidas por Catalán sería un catálogo de este tipo que inventariaba una parte de los fondos del Archivo18; y antes se elaboraron un Catálogo exemplificado del Romancero de Galicia, por Ana Valenciano, y el índice general del Romancero vulgar y nuevo, por Flor Salazar, obras publicadas finalmente en 1998-1999; por mi parte, terminé una Bibliografía crítica del Romancero gallego y de la Galicia exterior, y un Catálogo general del Romancero asturiano, obras que quedaron en el dique seco.

Otro paso previo a un cada vez más lejano «Romancero General» (el RTLH) consistió en hacer de la necesidad virtud y ceder en un aspecto que entraba en contradicción con el propio concepto de ese Romancero «General». En la peculiar configuración territorial del Estado Español, el Estado «de las Autonomías», instaurada en la transición democrática, los recursos destinados a la «Cultura» fueron transferidos de forma casi total a los nuevos entes, regionales o «nacionales». La búsqueda de las raíces culturales autóctonas y el fomento de procesos identitarios se tradujo en que fuera mucho más hacedero obtener financiación para la preparación y publicación de Romanceros regionales o provinciales que para mantener vivo el proyecto del RTLH. El Seminario Menéndez Pidal, aunque ello supusiera volver a un modelo rechazado por Don Ramón ya a principios del siglo XX, apoyó e incluyó en sus series de publicaciones la edición de varias colecciones regionales, sefardíes, portuguesas y canarias19, realizadas por investigadores externos, pero inició también en el propio Seminario la preparación de colecciones regionales que se publicarían a partir de 1991: Romancero General de León. Antología (1991); Silva Asturiana. Romancero General del Principado (1997, 1999, 2004; tres volúmenes de los seis previstos); Romancero General de Segovia. Antología (1993); El romancero tradicional extremeño: las primeras colecciones (1995), y se avanzó en la preparación de otras colecciones del Romancero de Zamora (a cargo de Débora Catalán) y Cantabria. Sin duda estas colecciones regionales, con ediciones rigurosas de los textos, ordenación coherente e incorporación de fondos inéditos de gran valor, superaba con creces el modelo habitual de los romanceros regionales al uso, y hacía accesible a un público más general de forma atractiva, dada la variedad temática, los textos poéticos tradicionales. Desde la perspectiva del Seminario, estas ediciones, al identificar las versiones y publicarlas, a partir de los originales manuscritos e impresos, o de las transcripciones de campo, estableciendo sus textos definitivos, facilitarían su futura integración en el RTLH.

Dejamos ahora al margen la organización de Congresos internacionales y cursos universitarios dedicados al Romancero, la atención a estudiosos de procedencias muy varias y otras tareas, en donde siempre como telón de fondo planeaba en algún modo el proyecto del RTLH. Sí creo conveniente aludir a la preparación de otra obra de gran alcance, el Romancero Pan-Hispánico. Catálogo General Descriptivo, que se inició ya en los 1970 y se publicaría entre 1982 y 1984. Además de la importancia intrínseca de la obra para la teoría y análisis del Romancero como género narrativo, la obra incidía también directamente en el RTLH, como auxiliar instrumental, en cuanto permitía enfrentarse a los muy abundantes casos de versiones conflictivas que debido a amalgamas, «contaminaciones», o cambios radicales de sentido, hacían dudosa su adscripción a uno u otro tema romancístico o «ballad-type».

En definitiva, la preparación del RTLH había derivado en un sinfín de proyectos y actividades colaterales que renovaron el campo de estudios del Romancero y lo convirtieron en uno de los más dinámicos de toda la Filología española. Pero desde la perspectiva del objetivo nuclear, es decir la publicación del «Romancero General» español (la antigua «tierra prometida» de Menéndez Pidal), puede decirse que la actividad del Seminario, con toda la energía desplegada por Diego Catalán, supuso una huida hacia adelante y diferir a un futuro inconcreto –el limbo de las intenciones fallidas– lo que había sido la razón de ser de proyectos y esfuerzos con más de un siglo de antigüedad. De forma muy semejante a lo ocurrido en el tiempo de Menéndez Pidal, las tareas instrumentales adquirieron autonomía propia y terminaron fagocitando y arrumbando la propia obra a la que se suponía que debían servir de herramientas auxiliares.

No es este el momento de explicar por qué, a mi juicio, el RTLH, al menos «otro» RTLH, no era un objetivo utópico ni el fracaso de Catalán y el Seminario Menéndez Pidal, «mi fracaso, nuestro fracaso», era inevitable. Creo más útil, en este caso, la prospectiva que la historia. La ausencia de Diego Catalán, sin embargo, hace improcedente ocuparse ahora de posibilidades de un futuro en el que, por otra parte, ya en vida no se sentía implicado.


Notas:

Notas anteriores: ver artículo completo

8 El cálculo resulta asombrosamente erróneo, por el corto número de volúmenes previsto para la edición de los romances, si por «volumen» se entiende un tomo análogo a Epopeya y Romancero, I, primera versión de las Reliquias de la poesía épica española, que indudablemente constituía parte del proyecto.

9 Cf. Sigurd Bernhardt Hustvedt, Ballad Books and Ballad Men. Raids and Rescues in Britain, America, and the Scandinavian North since 1880, Cambridge, Mass. (Harvard univ. Press), 1930. La obra, aunque intonsa hasta los 1980, también formaba parte de la biblioteca de Menéndez Pidal.

10 Cf. D. Catalán, El Archivo del Romancero, págs. 136-142.

11 Algunos ejemplares salvados de la parte impresa permitieron una edición renovada en 1951, Reliquias de la poesía épica española, en donde no se indica ya que el volumen forme parte de una serie o colección de conjunto. Cf. D. Catalán «A propósito de una obra truncada de Ramón Menéndez Pidal en sus dos versiones conocidas», introducción a la ed. doble de Epopeya y Romancero, I, y Reliquias de la poesía épica española, Madrid (CSMP), 1980, págs. xiii-xliv.

12 Cf. D. Catalán, El Archivo del Romancero, págs. 270-271. 

13 Ibid., págs. 314-317. 

14 Ibid., págs. 334-349, y 360-377.

15 Ibid., pág. 349. El hecho es que todavía a fines de 1957 Caso González trabajaba en el «Romancero del Cid», y Catalán en la misma carta a Lapesa de enero de 1958 escribía: «Hay que enfrentarse con el Romancero del Cid, en gran parte terreno virgen. Al parecer, Caso había empezado con él» (pág. 345). En febrero de 1988 conocí casualmente a José Caso González en Oviedo, con motivo de impartir unas conferencias sobre el Romancero en un ciclo organizado por el profesor Antonio Fernández Insuela en la universidad. En un breve aparte, Caso manifestó una para mí entonces inexplicable hostilidad hacia Diego Catalán, a quien hizo responsable de que se le apartara del proyecto de edición del volumen dedicado al Romancero del Cid; mi ignorancia sobre la cuestión era absoluta, y tampoco por lo que Catalán escribe en su libro (2001) se vislumbran las razones del resquemor de Caso.

16 Baste recordar la profunda labor de selección que Francis James Child realizó en su colección definitiva de 1888-1898 (English and Scottish Popular Ballads) respecto a su primera versión de 1857-1859 (English and Scottish Ballads). Hasta 115 temas baladísticos de la primera colección no pasaron la ulterior criba y fueron excluidos en la segunda, en un corpus final de 305 «ballad-types»; la depuración afectó especialmente a baladas procedentes de «broadsides» o «sheet-ballads», equivalentes en términos generales a nuestros romances «vulgares». Cf. W. Morris Hart, «Professor Child and the Ballad», PMLA, XXi (1906), págs. 755-807. Sobre el largo proceso de adquisición del concepto de estilo «tradicional» por parte de Child, en diálogo con Grundtvig, cf. el libro de Hustvedt ya citado.

17 Cf. Romancero e Historiografía medieval. Dos campos de investigación del Seminario Menéndez Pidal, Madrid (Fund. Ramón Areces / Fund. Menéndez Pidal), 1989, págs. 65-66.

18 Catálogo analítico del archivo romancístico Menéndez Pidal-Goyri. Romances de tema nacional, dir. D. Catalán, Barcelona (Quaderns Crema), 1998, 2 vols.

19 No incluyo en este apartado la edición de La flor de la marañuela. Romancero general de las Islas Canarias, publicada por Catalán en 1969 y justificada por dar a conocer una rama del Romancero de excepcional importancia que era prácticamente ignorada.

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