A lo largo de toda su obra, Ramón Menéndez Pidal desarrolló un amplio y profundo análisis de España y los españoles. Sus ideas las sintetizó principalmente en “Los españoles en la historia: cimas y depresiones en la curva de su vida política” (1947), prólogo al primer volumen de la colección de la Historia de España iniciada en 1935 por Ramón Menéndez Pidal, que la dirigió hasta su fallecimiento. Desde 1975, esta colección fue dirigida por José María Jover Zamora hasta su finalización en 2004. Se trata de una gran obra colectiva de 42 tomos en 65 volúmenes en la que trabajaron más de 400 autores españoles y extranjeros.

El mencionado prólogo de 1947 fue también publicado separadamente en una obra en cuya introducción Diego Catalán ver “España en su historiografía: de objeto a sujeto de la historia”, Introducción a Menéndez Pidal, R., Los españoles en la historia, Madrid. (1982)"compuso una pieza considerada por algunos como "la referencia principal que marca un antes y después en los estudios en torno a Menéndez Pidal" (Prudencio García Isasti en su obra La España Metafísica, 2004).

Con respecto a la problemática cultural española, escribía don Ramón un artículo publicado en 1967 en el que sintetizaba sus ideas entresacándolas de Los españoles en la historia (cito por las páginas de la referida edición de Diego Catalán, 1982):

“Larra, en los años críticos del siglo XIX imaginó la pugna mortal de dos mitades de España (p. 185) que tratan de llevarse mutuamente a la sepultura. Y en verdad, esta trágica lucha entre las dos tendencias opuestas, que gobiernan la vida de todos los pueblos, tradición e innovación, es una constante de la vida española. España, recluida en el aislamiento que le impone su finisterrismo o abierta a las corrientes encontradas de los dos continentes a los que sirve de nudo, no suele encontrar con facilidad caminos de transición entre las dos fuerzas de signo contrario (p. 190)Creo, sin embargo, que la dura realidad de los hechos afianzará en ellos la tolerancia, valioso don histórico que la experiencia de los más nobles pueblos ha obtenido: suprimir al disidente, sofocar propósitos de vida creída mejor por otros hermanos es un atentado contra el acierto. No es una de las semi Españas enfrentadas la que habrá de prevalecer poniendo un epitafio a la otra; será la España total, ansiada por tantos, la que aproveche íntegramente todas sus capacidades para afanarse, laboriosa, por ocupar un puesto entre los pueblos impulsores de la vida moderna (p. 235)La comprensiva ecuanimidad hará posible y fructífero a los españoles el convivir sobre el suelo patrio, no unánimes, que esto ni es posible ni deseable, pero sí aunados en un anhelo común hispánico (p. 236) en que contiendan y se compenetren los dos impulsos de tradición y renovación”.

En 2006, el profesor de la Universidad de Cantabria, Carlos Dardé, publicó un excelente artículo sobre la idea de España de Menéndez Pidal: "DARDÉ, Carlos. La idea de España en los tomos de la Historia de España dirigidos por Ramón Menéndez Pidal (1935 - 1980). Norba. Revista de Historia, ISSN 0213-375X, Vol. 19, 2006, 205-218." Este artículo puede leerse online pulsando sobre el título del artículo.

El día 3 de abril de 2016, Fernando García de Cortázar publicó en ABC un artículo titulado Menéndez Pidal y los españoles en la historia, con subtítulo El patriotismo del intelectual coruñés fue el resultado del estudio en las bibliotecas y laboratorios. Enlace al artículo. 

 


Se incluye a continuación la edición de 'Ramón Menéndez Pidal. Los españoles en la historia. Ensayo introductorio de Diego Catalán. Selecciones Austral, Espasa-Calpe, Madrid. (1982)'.

Tras su introducción titulada 'España en su historiografía', Diego Catalán escribió el siguiente texto como prólogo a la obra de don Ramón:

Este ensayo apareció en 1947 como Prólogo al tomo I de la Historia de España dirigida por Ramón Menéndez Pidal y publicada por la Editorial Espasa-Calpe. En su impresión revisada en forma de libro el Autor añadió abundantes notas, principalmente bibliográficas. Varias de las traducciones que se han hecho, inglesa, italiana, alemana, sueca, creyeron oportuno acompañar el texto de algunas explicaciones útiles para el lector no español; en esta edición, como en la de 1951, reproducimos, convenientemente autorizadas, las notas incorporadas a la versión inglesa de W. Starkie, The Spaniards in their History, 1950, pues fueron sugeridas al traductor por el propio Autor; van entre corchetes, señaladas con la abreviatura Trad. La nueva edición de 1982 incorpora al texto las correcciones del Autor hechas sobre un ejemplar de la de 1951 y subsana algunos errores y omisiones de las primeras ediciones. También incorpora unas ilustraciones programadas por el Autor y que no llegaron a incluirse anteriormente.


 LOS ESPAÑOLES EN LA HISTORIA

CIMAS Y DEPRESIONES EN LA CURVA DE SU VIDA POLÍTICA

Los hechos de la Historia no se repiten, pero el hombre que realiza la Historia es siempre el mismo. De ahi la eterna verdad: Quid est quod fuit? ipsum quod futurum est; lo que sucedió no es sino lo mismo que sucederá: lo de hoy ya precedió en los siglos. Y el consiguiente afán por saber cómo es cada pueblo actor de la Historia, cómo, dada su permanente identidad, se comporta en sus actos, fue sentido por los hombres de todos los tiempos. Cuando aún estaba en sus comienzos nuestra historiografía medieval, acompañaba a veces al relato de los hechos una caracterización de las varias gentes según su cualidad dominante. Anejo al Epitome Ovetense del año 883, un capítulo, De propietatibus gentium, caracteriza a los griegos por la sabiduría, a los godos por la fortaleza, a los francos por la ferocidad, a los galos por el comercio; otras crónicas señalan el vicio y la virtud más notorios en cada grupo humano: en los griegos la falacia y la sabiduría, en los hispanos la violencia y la agudeza (no observaban mal), en los francos la ferocidad y la fuerza.

Tales propiedades que poco o mucho, desde esos remotos tanteos, preocupan a los autores, debieran ser expuestas con amplitud en toda Historia (I); pero aquí, sin poder renovar estudios especiales que modernamente se han hecho, nos limitaremos a destacar algunos caracteres hispanos que consideramos como raíz de los demás. En relación con ellos, intentaremos una ojeada general sobre ciertas tendencias que con más constancia han operado favorable o desfavorablemente a través de todas las épocas y que contribuyen, más que ninguna otra circunstancia, a explicarnos las cimas y las depresiones en la curva histórica del pueblo español.

Pondremos en esto un doble interés para mostrar, en primer término, que toda cualidad es bifronte, raíz de resultados positivos o negativos según el sesgo que tome y la oportunidad en que se desenvuelva; y para advertir, en segundo lugar, que aún los caracteres de mayor permanencia no obran necesariamente, pues el que aparezcan en la mayoria de un pueblo no quiere decir que determinen siempre la acción, ni que en circunstancias especiales no puedan quedar relegados a minoría. Además, el que los veamos mantenidos a través de los siglos no significa que sean inmutables. No se trata de ningún determinismo somático o racial, sino de aptitudes y hábitos históricos que pueden y habrán de variar con el cambio de sus fundamentos, con las mudanzas sobrevenidas en las ocupaciones y preocupaciones de la vida, en el tipo de educación, en las relaciones y en las demás circunstancias ambientales.

CAPÍTULO I

SOBRIEDAD

SOBRIEDAD MATERIAL, SOBRIEDAD ÉTICA.

Muchas veces se ha puesto en relación el complejo del carácter español con el suelo habitado. Unamuno insiste en ello: el espiritu áspero y seco de nuestro pueblo, sin transiciones, sin términos medios, está en conexión íntima con el paisaje y el terruño de la altiplanicie central, duro de lineas, desnudo de árboles, de horizonte ilimitado, de luz cegadora, clima extremado, sin tibiezas dulces1. Pero tal relación no es válida respecto a cualidades que se dan fuera del paisaje de ambas Castillas. La sobriedad física se halla igualmente en la risueña y fértil Andalucía, y, para mí, la sobriedad es la cualidad básica del carácter español, que no depende de un determinismo geográfico castellano, y es tan general que, partiendo de ella, podemos comprender varias de las otras caracteristicas que ahora nos importa notar.

La más aguda descripción del carácter español en la antigüedad, la del galo Trogo Pompeyo2, comienza diciendo que el hspano tiene el cuerpo dispuesto para la abstinencia y el trabajo, para la dura y recia sobriedad en todo: dura omnibus et adscrita parsimonia. Y desde Trogo hasta hoy abundan las noticias relativas a una cierta austera sencillez, y más aún, cierto chocante descuido que en España revisten varias formas de la vida.

 (...)

CAPÍTULO V

LAS DOS ESPAÑAS

(...)

EL EXCLUSIVISMO ESPAÑOL RECIBE APOYO INTERNACIONAL

En el primer tercio del presente siglo, el exclusivismo español de las izquierdas y de las derechas encontraba formidable apoyo en la compleja reacción iniciada en Europa frente a la crisis que atravesaba el liberalismo. La reacción traía el dominio de “la colectividad”, la prepotencia del Estado, sea comunista, sea nacionalista, y el nuevo estado dictatorial europeo no admite disidentes, consintiendo sólo el llamado “partido único”, expresiva contradicción verbal: una parte que quiere ser el todo, prescindiendo de las otras partes. Tal exclusivismo engranaba perfectamente bien con la habitual intransigencia española, robusteciéndola; era insuficiente el no transigir con la media España adversaria, había que suprimirla totalmente para ser todo sin ella.

La monarquía, en su última fase, formuló con la mayor solemnidad la negación de la otra España. Fue con ocasión de la visita de Alfonso XIII a Roma en noviembre de 1923. El rey, en su discurso en el Vaticano, anuncia al papa que la España de hoy continúa la España de Felipe II, guerrera a nombre de la Iglesia: “Si en defensa de la fe perseguida, nuevo Urbano II, levantarais una nueva cruzada contra los enemigos de nuestra sacrosanta religión, España y su rey jamás desertarían del puesto de honor”; sobre lo cual afirma el rey la unanimidad del país, “los anhelos de mi pueblo todo”, recordando en especial “la consagración que en el Cerro de los Ángeles, con aplauso de todos mis súbditos y la presencia de mi Gobierno, hice de España al Corazón Sacratísimo de Jesús”. Pero en su respuesta Pío XI, precisamente el papa que consagrara el mundo al Sagrado Corazón, no cree oportuno ni leal negar así el problema de las dos Españas, y hace al rey una paternal amonestación, recordando que en el grande y nobilísimo pueblo español “hay también hijos nuestros infelices, aun cuando siempre amadísimos, que se niegan a acercarse al Corazón Divino; decidles que no les excluimos por eso de nuestras oraciones ni bendiciones, sino que, por el contrario, van hacia ellos nuestros pensamientos y nuestro amor”. Así el papa, aun en esta ocasión de protocolaria cortesía, no puede menos de denunciar y corregir como un error político la afirmación de una España única, dispuesta a montar a caballo como “pueblo predilecto de la Providencia” según decía el discurso regio; no contesta palabra ninguna de agradecimiento por aquella oferta de cruzada, y en cambio encarga que se tenga presente a la España disconforme. ¡Cuánto trastorno catastrófico, y qué inundación de sangre se hubiera evitado si los unos y los otros, en vez de negar existencia a la España contraria, la hubiesen reconocido mutuamente con amoroso deseo de atracción, según la reconoce conmovido Pío XI, cual un hecho inevitable que exige una comprensiva y benévola convivencia ciudadana!

Los derechistas continuaron mirando a los disidentes no como un sector integrante de la nación, sino como enemigos de ella. Los denominaron la “anti-España”, la “anti-patria”, imitando la “anti-France”, que dijo la Action française con Charles Maurras, la “anti-Italia”, la “antinazione”, que dijo el fascismo con Marinetti; pero en España se aplicaba ese “anti” con máxima extensión a toda persona, por mucho sentido nacional que tuviese, si no era incondicional de esas ultraderechas. El mismo intento de suprimir el adversario dominó naturalmente entre los izquierdistas. Ellos, por boca de Azaña, anunciaron que la España católica había dejado de existir el preciso día 12 de abril de 1931, en que triunfaron en las elecciones los republicanos. Ellos solos eran la patria única; los contrarios eran unos “cavernícolas” despreciables, y si éstos pensaban que era preciso suprimir los siglos XVIII y XIX, los triunfantes republicanos declararon que la historia de España venía errada desde la conversión de Recaredo.

LA ESPAÑA ÚNICA

Larra lamentó por muerta media España, y sin embargo el difunto se puso en pie para continuar el combate mortal; un siglo después, anunciada por Azaña la muerte de la España católica, ésta se yergue y la que fenece es la España republicana... Fatal sino de los dos hijos de Edipo, que no consintiendo reinar juntos, se hieren de muerte a la vez. ¿Cesará este siniestro empeño de suprimir al adversario? Malos tiempos corren cuando un extremismo que deja muy atrás al de España, aparece por todas partes, cuando una feroz división, como antes no existía, hace imposible la convivencia nacional en muchos pueblos, imbuyendo un furibundo exclusivismo en la colectividad prepotente. Mussolini llamaba al siglo XX el siglo colectivo, el siglo del Estado; mas para Italia y Alemania ese siglo duró sólo un par de decenios. No sabemos aún, verdad es, cómo las democracias saldrán de su victoria, compartida ésta con el comunismo, pero sin duda frente a la colectividad, todopoderosa en su unanimidad lograda mediante cruel exclusivismo, la individualidad volverá a recobrar todos sus derechos que le permitan franco paso a la acción discrepante, rectificadora e inventiva, la individualidad a quien se deben siempre los grandes hechos de la Historia. Suprimir al disidente, sofocar propósitos de vida creída mejor por otros hermanos, es un atentado contra el acierto. Y aún en aquellas cuestiones en que una de las partes se vea en posesión de la verdad absoluta, frente al error de la otra parte, no es un bien el sofocar toda manifestación de la parte errada (que suprimir la parte misma es imposible) para llegar a la enervante y desmoralizadora situación de vivir sin un contrario, pues no hay peor enemigo que el no tenerlos. Un gran fondo de prudencia encierra el humorístico deseo de Ganivet, que los católicos españoles renunciasen a su falta de contradictores, trayendo acá algunos protestantes o herejes de alquiler para que tonificasen el catolicismo peninsular.

La dura realidad de los hechos afianzará la tolerancia, valioso don histórico que la experiencia de los más nobles pueblos ha obtenido y que no puede ser cancelado por el extremismo colectivista tan extendido hoy por el mundo. No es una de las semiespañas enfrentadas las que habrá de prevalecer en partido único poniendo epitafio a la otra. No será una España de la derecha o de la izquierda; será la España total, anhelada por tantos, la que no amputa atrozmente uno de sus brazos, la que aprovecha íntegramente todas sus capacidades para afanarse laboriosa por ocupar un puesto entre los pueblos impulsores de la vida moderna. Se trata de dos órganos funcionales necesarios para la vida: Una España tradicional inquebrantable en su catolicismo, pero que por evitar el mayor mal de las reacciones convulsas y abominando la violencia, no solo se abstendrá, en el ejercicio del poder, de toda presión exclusivista contra los disidentes, sino que compartirá con ellos en convivencia fraterna y leal todo el cuidado de los intereses terrenos, tanto ideales como materiales, que el Estado tiene como fin propio para el bien común, ofreciendo comprensivamente a los innovadores, como dijo Balmes, cauces de evolución y de reformas. A la vez, una España nueva, llena de espíritu de modernidad, muy antiaislacionista, muy atenta a los patrones del extranjero, pero no con indolente sumisión a ellos, sino con originalidad arraigada en lo “castizo eterno”, como Unamuno decía, ni en lo “castizo histórico”, mirando sin embargo la obra pretérita hispana no bajo el símil del fúnebre sudario castelarino, ni tan solo con un frío respeto hacia el pasado, sino con afectuoso interés hacia la vieja España, cuyo brillo ilustra importantes períodos de la historia universal.

El dolor de la España única y eterna, entrañado en todos los espíritus que se elevan a una consideración histórica por cima de tantas convulsiones pasadas, traerá la necesaria reintegración, a pesar de la tremenda borrasca de antagonismo inconciliables que azota al mundo. La normalización de la vida exigirá, mañana mismo, ideas de convivencia por las que cada español, movido de fecunda simpatía hacia su hermano, deje agitarse dentro de sí las dos tendencias, tradición y renovación, las dos fuerzas que siempre han de contender y compenetrarse, impulsando los más beneficiosos aciertos, las dos almas contradictorias que siente dentro de sí todo el que pugna en los altos problemas y aspiraciones de la vida (zwei Seelen vohnen, ach! in meiner Brust), las dos almas que decía Unamuno llevar en su pecho, de un tradicionalista y de un liberal en inacabable y siempre fructífera discusión, los dos impulsos que hacían a Menéndez Pelayo exaltar la intolerancia de espada y hoguera, y rectificar después, teniendo por verdaderamente cristiano el “no matar a nadie”; que le hacían menospreciar la reputación literaria de Galdós, y luego buscar la más solemne ocasión para hacer de Galdós un caluroso elogio, lamentando haberle antes atacado “con violenta saña”. La comprensiva ecuanimidad hará posible y fructífero a los españoles el convivir sobre suelo patrio, no unánimes, que esto ni es posible en un mundo entregado por Dios a las disputaciones de los hombres, ni es deseable, pero sí, aunados en un anhelo común hispánico, que irremediablemente no puede ser el mismo que los aunó en la época áurea. Confraternados en los grandes e inmediatos designios colectivos, concordes en instaurar la selección más justiciera, sin acepción de partido, acortarán las depresiones e interrupciones en la curva histórica de nuestro pueblo, y acabarán al fin con tantos bandazos de la nave estatal, para tomar un rumbo seguro hacia los altos destinos nacionales. 

 

 (continuará)

 


Notas:

(I) Tal exposición estaba proyectada por mí para el final de esta obra, pero conveniencias editoriales me llevan a anticiparla aquí muy incompleta, y además abreviada en la parte que publico. Quién sabe si no podré volver sobre este tema con pleno desarrollo, después de aprovechar todos los trabajos análogos, algunos difícilmente asequibles hoy por la anormalidad de las comunicaciones.

1 Unamuno, Ensayos, l, Madrid, 1916, pág. 95 y pássim.

2 [Trogo Pompeyo, historiador romano del siglo l, de origen galo, autor de una Historia Universal (Historiae Philippícae), perdida, de la cual se conserva un Epítome, hecho en el siglo II por Justino. El libro XLIV y último está dedicado a España. Trad.]

 

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