Dámaso Alonso (1898 – 1990)

Homenaje en la Academia, 10 de junio, 1993. Fernando Lázaro Carreter, Real Academia Española.


El final a que ha llegado la publicación de las Obras Completas de Dámaso Alonso no podía pasar inadvertido en esta Academia, a la que honró dirigiéndola durante catorce inolvidables años, y con tanto acuerdo de la Corporación, que cuando en 1974 nos planteó su deseo de no ser reelegido, los Académicos, acudimos una tarde a su casa a hacerle desistir, en lo que, por broma -eran los días de la presión marroquí en el Sahara- dimos en llamar la «marcha verde». Y es que la Academia sabía muy bien hasta qué punto, de retenerlo, de tenerlo a su frente, se le seguía prestigio y honra. Porque Dámaso Alonso, huelga afirmarlo, ha sido unos de los españoles fundamentales de este siglo.

Teníamos que rendirle un homenaje público, y llega la oportunidad cuando su obra ya nos resulta enteramente accesible. Una obra que no lo reproduce con fidelidad de espejo, como suele suceder en el caso de los hombres verdaderamente grandes: su humanidad no cabía enteramente en los libros. Aunque sus libros serían justificación bastante para la vida de hombres que fueran, por separado, un gran lingüista, un gran crítico e historiador de la literatura y un gran poeta, según consta a todos, y acaban de corroborar los Señores Académicos que acabamos de oír.

Pero aun siendo tanto y tan importante lo que de él ha sido recordado, lo desbordan los aspectos humanos con que acaba de evocarlo otro maestro, Rafael Lapesa, a los que pudiéramos añadir el testimonio de quienes fuimos sus discípulos y sus amigos. Debe resaltarse su capacidad de fascinación intelectual en el aula, de la que puedo dar fe como alumno suyo que fui de licenciatura, como doctorando, como adjunto de su Cátedra; más tarde como amigo. Por fin, cuando alentó mi incorporación a la Academia, trabajando bajo su dirección y colaborando en sus empeños académicos.

A su lado, aprendí, aprendimos, que nada podía fiarse a la improvisación, a la revolera fácil como él decía. Exigencia, minuciosidad, pulcritud intelectual: eso aprendíamos. Pero también que esas cualidades no exigían estirarse y mostrar un constante rostro severo. Trabajar, estudiar, investigar eran, con su ejemplo, compatibles con una distensión del ánimo, con una cierta independencia vital. Dámaso Alonso sabía someterse a una exigente disciplina; pero además le entusiasmaba vivir con jovialidad.

No sólo recorría el camino de la sabiduría, sino el del arte. Y éste no tiene por qué atravesar ásperos escollos. De los sabios del Centro de Estudios Históricos pasaba a casa de Vicente Aleixandre o a la Residencia de Estudiantes. Con Rafael Alberti o García Lorca ambulaba por el Madrid insensato y confiado de la anteguerra. Después de la contienda, siempre fiel a la casa de Aleixandre, reunía en la suya para hablar de poesía, pero también para gozar charlando, a Luis Rosales, a Leopoldo Panero, a Carlos Bousoño, a Muñoz Rojas, a Gonzalo Torrente. A tantos otros.

Un conocido trabajo suyo se titula «Ligereza y gravedad en la poesía de Manuel Machado». La mirada del crítico sigue en él a la del hombre, para descubrir y exaltar esas dos cualidades en la obra del escritor: ligereza y gravedad. Las dos tensiones que se disputaron en perfecto equilibrio el alma de Dámaso Alonso, y sin las cuales no creo que haya persona perfecta. La ausencia de gravedad produce frívolos; la gravedad sin ligereza causa tristes seres aburridos. Nadie más alejado que él de esos extremos. Ni frivolidad ni tedio: simplemente humanidad que entreveraba el trabajo denodado con cesiones a los deleites del alma y también, por qué no, de los sentidos. Aunque allí en el fondo de su espíritu latía una preocupación dramática por el destino que aguarda tras la muerte. Recordaré siempre una tarde primaveral de domingo por Rosales, con la vida triunfando en torno nuestro -enamorados, niños, gentes disfrutando el primer calorcillo de la primavera-, y él discurriendo dramáticamente, obsesivamente, acerca de qué puede haber al otro lado de la vida que tanto bullía allí. Pero nada nuevo revelo a quienes conocen y aman su poesía.

De entre todas las disciplinas humanísticas que cultivó, una va sólidamente aneja a su nombre: la Estilística. Recuérdense los supuestos de este enfoque en el estudio de los textos. Arrancaba del descontento que entre varios estudiosos europeos producía el que los hechos literarios -obras, géneros, autores- se enfocaran desde una perspectiva externa y documental: ediciones, argumentos, biografía, fuentes, escuelas, imitadores; y que se añadiera como remate, un juicio de valor no fundamentado, que el crítico o historiador establecía desde la más absoluta subjetividad. Todo esto, que, no obstante, constituye una magna aportación de la erudición decimonónica al conocimiento de las literaturas, dejaba intacto el problema central de por qué la obra artística posee la fuerza con-movedora de que carecen los textos extraliterarios.

Como es sabido, la más temprana reacción contra este tipo de actividad que se llamó positivismo, se produjo en Alemania en los muy primeros años del siglo, bajo el nombre de Estilística, por influjo del filósofo italiano Benedetto Croce. Tuvo su primer promotor en el filólogo alemán, que luego sería eminente hispanista Karl Vossler, el cual había heredado la convicción romántica de Herder y Humboldt, según la cual, en cada lengua se va depositando la actividad secular del espíritu del pueblo que la habla. No son, pues, las lenguas unos sistemas de signos indiferentes y despegados de los hablantes, sino, por el contrario, emanaciones del alma colectiva, resultantes de cómo ven sus usuarios el mundo, de cómo lo ordenan, clasifican y jerarquizan, y también de cómo han atravesado la historia con sus peculiares creencias y conmociones.

Croce, que participaba de tal hipótesis, aplicó su atención, no al pueblo como conjunto, sino al individuo, al modo como cada uno de nosotros nos relacionamos con nuestro propio idioma, de qué manera es éste el instrumento que consciente o inconscientemente nos sirve para ex-presarnos, es decir, para manifestar lo que está «preso» en nuestra alma. En esa ex-presión consiste el arte, según Croce. Y en tal sentido, son artistas no sólo los grandes escritores, sino cualquiera de nosotros: todos nos ex-presamos por medio de la palabra, y el gran artista se diferencia de nosotros, los hablantes vulgares, no por la naturaleza de la expresión, que es la misma, sino por el grado de estima que merece la suya.

La idea fue aceptada por Vossler, y de ella extrajo obvias consecuencias literarias: si la lengua revela al individuo, el idioma peculiar de un artista será la clave para entenderlo. Su observación minuciosa, prescindiendo de las erudiciones externas de los positivistas, será puerta de entrada para penetrar en el misterio de la creación de aquel artista. Vossler hizo un primer ensayo del nuevo método en 1902, a propósito de una fábula de La Fontaine. Hoy se nos antoja extraordinariamente ingenuo, pero era el germen de lo que iba a ser pujante punta de lanza de los estudios literarios renovados: la Estilística, o estudio de los estilos particulares de autores, obras y escuelas.

Dámaso Alonso, que había enseñado en Berlín durante los años 1922 y 1923, es testigo de aquel gran movimiento, pronto extendido también por Italia. Él lo introduce en España, con sus más tempranos estudios sobre Góngora.

Sin embargo, su peculiar versión de la Estilística no cuaja de modo definitivo, hasta 1942, año en que publica su libro sobre La poesía de San Juan de la Cruz. Se trataba, se trata de un método apenas reiterable; cada obra, desde una larga novela hasta un poemilla, plantea problemas diferentes; un texto literario es una criatura única y solitaria; lo que ha permitido entrar en el recinto de una, no sirve forzosamente para penetrar en los entresijos de la vecina. No hay método único: hay que inventarlo en cada ocasión. Dámaso Alonso, que quiso ser arquitecto en su adolescencia, empleaba un término matemático para referirse a esa versátil aptitud: el ataque estilístico, en cada texto, es resultado de una «feliz idea», y muchos trabajos y libros de los años cincuenta ejemplifican esa capacidad de adaptación a las exigencias de obras muy diversas que él poseía envidiablemente.

En el vestíbulo de su gran tratado de 1959, Poesía española, puede sorprender una enérgica afirmación de originalidad: «No he ido a estudiar ajenos procedimientos para remedarlos; [...] los métodos empleados por mí han crecido natural y biológicamente con mi vida misma». Esto es evidente por lo mismo que he dicho: la imposible generalización de un método a todos los textos posibles, a todas las literaturas. Otro gran investigador de la misma estirpe, el vienés Leo Spitzer, hacía al final de su vida proclamaciones semejantes, y desengañaba a quien quisiera imitarle: carezco de método, venía a decir; «No existe una técnica estilística», aseguraba paralelamente Dámaso Alonso. Llegó a más: a aborrecer -ese es el verbo que usa- la «fea», dice, palabra Estilística, entre cuyos cultivadores aparecía indefectiblemente mencionado en todas las bibliografías. Pero claro que hacía Estilística. Unas líneas antes de esa enfadada afirmación, escribe que trata de extraer de su trabajo «consecuencias de carácter general sobre el alcance de la técnica estilística».

Se abre ese libro fundamental con un capítulo de gran importancia, escrito a contrapelo de los dogmas científicos vigentes entonces, y al que sólo desde hace pocos años se otorga el relieve que merece: por él, un Umberto Eco o un Mounin sitúan a Dámaso Alonso entre los pioneros de la moderna Semiótica. No puedo entrar en detalles; simplificando abusivamente, lo que postula es esto. La Lingüística ha realizado sus avances más considerables en este siglo, partiendo de una dicotomía del signo establecida por Saussure. Un signo lingüístico, una palabra por ejemplo, tendría una composición muy simple: consistiría en la asociación de un significante (lo que se oye o se ve escrito) y un significado (la cosa representada). Un vocablo como lluvia es un signo porque la serie de fonemas que lo forman va asociada para nosotros al concepto del meteoro que todos conocemos. Esa sencilla ecuación, signo = significante + significado, que puede parecernos tan obvia, sirvió de fundamento al estructuralismo, el cual, nacido en la Lingüística, se convirtió hace unos años en dogma metodológico de las Ciencias Humanas.

Dámaso Alonso, cuando era pleno el acatamiento de tal ecuación, se rebeló anticipadoramente contra ella. El significado, enseñó, no es concepto elemental, sino un organismo complejo, formado por una acumulación de cosas que se agolpan en el espíritu del hablante. En un acto concreto de comunicación, la palabra lluvia puede ir cargada de esperanza -para un labrador, por ejemplo, en época de sequía-, de temor -para un empresario de toros-, de espanto -en quienes sufren una inundación-, de júbilo -para un niño que estrena impermeable-... El significado de la palabra lluvia está, pues, formado, por múltiples significados parciales para cada usuario, en cada momento. Dámaso Alonso sienta esta afirmación, que hoy se acepta con tanto fervor como, hace cuarenta años se aceptaba la ecuación saussureana: «No pasa por la mente del hombre ni un solo concepto que no sea afectivo, en grado mínimo o en grado sumo».

Era necesaria esta corrección para comprender y explicar el lenguaje de los poetas, de los creadores de imágenes, en quienes las palabras tienen forzosamente un valor personal, y en quienes los significados parciales de origen emotivo dominan siempre sobre lo asépticamente conceptual. Se trata de uno de los supuestos de la actual Pragmática literaria, por él formulado cuando ni imaginar era posible el auge de la Semiología, y cuando proclamarlo suponía afrontar las iras de los estructuralistas, para quienes ni hablante ni oyente, ni escritor ni lector existían, sino sólo el lenguaje, despegado de ellos como un ectoplasma autónomo.

Debo terminar. Recordemos a aquella mujer con alcuza, que se ha dormido en un vagón del ferrocarril en marcha, y que despierta en la noche absolutamente sola, y grita en la oscuridad preguntando quién conduce, quién mueve aquel horrible tren. Podemos ser cualquiera de nosotros. Es, por supuesto, el Dámaso Alonso, de Oscura Noticia, y de Hombre y Dios, el Dámaso Alonso también de sus últimos años, gritando por lo mismo que la mujer de su poema. Una fría mañana de enero de hace tres años, se nos ausentó portando en el pecho un corazón que amó la literatura y la vida; y en su alcuza, miles de páginas repletas de saber y de arte. Hoy las poseemos ya perfectamente agrupadas y enteras. La Real Academia, a la que tantas pruebas de cariño dio, quiere reafirmar en este acto cómo no lo olvida, porque lo tiene entre los mejores de su historia.

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