Elogio de D. Ramón Menéndez Pidal, por Manuel Fernández Alvarez
(ABC, julio de 2006)

En 1904 un profesor universitario español que rondaba los treinta y cinco años embarcaba con destino a América del Sur. Se trataba de un filólogo de prestigio internacional, pese a su juventud. Pero no iba a impartir curso alguno de su especialidad, ni tampoco iba como conferenciante.

RMPenQuito1905 Llevaba una tarea muy distinta: comisionado por el propio rey Alfonso XIII, su misión era la de llevar a cabo un arbitraje entre las naciones de Perú y Ecuador, enzarzadas en peligrosas querellas fronterizas; y ambas, tanto Perú como Ecuador, habían instado al Rey de España para que actuara como mediador.

Y antes de seguir, tal cuestión merece algunas reflexiones. Y en primer lugar que resulta reconfortante considerar que lo que con tanta frecuencia ha derivado en conflictos sangrientos, tuviera en aquel caso tan razonable enfoque.

Es más, aquel joven profesor español logró un acuerdo satisfactorio entre los dos países andinos, concretado en la paz firmada en Quito en 1905.

¿Quién era ese diplomático improvisado, que tan felizmente culminó la comisión que se le había encomendado? Don Ramón Menéndez Pidal. Y resulta impresionante que una cuestión tan difícil, como lo es siempre un conflicto fronterizo, fuera finalmente resuelta de modo satisfactorio con el triunfo de la sensatez sobre la sinrazón.

RMPenQuito1905mas2¡Y todo ello por mano de un hombre más metido en el estudio de los libros antiguos que avezado en los manejos diplomáticos! Que el gobierno de Alfonso XIII le confiara aquella misión tan peculiar a Menéndez Pidal, hace ahora algo más de un siglo, nos está indicando que ya era reconocido como una figura impar de nuestra cultura de la llamada Edad de Plata.

En efecto, Menéndez Pidal había nacido en La Coruña en 1869 y por lo tanto pertenecía de lleno a la que luego se denominaría generación del 98. Haciendo sus estudios de Filosofía y Letras en la Universidad de Madrid y trabajando bajo la dirección de Menéndez Pelayo, don Ramón pronto destacaría por su inteligencia y su vasta cultura. En 1899 era ya catedrático de Filología Románica en la entonces llamada Universidad Central. Dos años después era elegido académico de la Real Academia Española. ¡Y tenía sólo 32 años! Ya para entonces sus trabajos filológicos habían causado sensación. Su obra «La leyenda de los Infantes de Lara», publicada en 1896, cuando tenía 27 años, sería recibida con los mayores elogios dentro y fuera de España. El mismo Morel-Fatio, posiblemente el más destacado hispanista francés de aquella época, la comentaría admirado de que una obra tan profunda y de tanto calado científico hubiera sido escrita por un estudioso tan joven.

No es mi propósito hacer un apunte biográfico de Menéndez Pidal. Pero sí quiero resaltar lo que es admitido por todos: que obras suyas como «La España del Cid» o como «Flor nueva de romances viejos» forman parte, con toda justicia, de lo mejor de nuestra cultura del siglo XX. Y recordar también que el profesor que aceptó la difícil misión diplomática de actuar como mediador entre Perú y Ecuador fue el mismo que 25 años después escribiría una valiente carta al general Primo de Rivera en defensa de la libertad.

Con esa carga ética y con ese bagaje cultural, de tantos años dedicados al conocimiento de nuestro pasado, don Ramón Menéndez Pidal estaba en condiciones de escribir páginas penetrantes sobre España y los españoles.

No tuve la fortuna de contarle entre mis maestros, si se entiende como tales a aquéllos que uno ha tenido en las aulas universitarias. Yo hice la carrera de Filosofía y Letras en la Universidad de Valladolid, a raíz del final de nuestra Guerra Civil; una universidad desmantelada, con muy pocos profesores dignos de mención, aunque sí algunos, como don Cayetano Mergelina, que regentaba la Cátedra de Historia del Arte (y que, al tiempo, era nuestro rector) o como don Emilio Alarcos, que era nuestro catedrático de Literatura.

Pero poco más.

Ahora bien, ya entonces la sombra de don Ramón Menéndez Pidal se proyectaba por todo el ámbito nacional, en especial en las facultades de Filosofía y Letras. Y no podía ser de otro modo, dado su magisterio tanto en Historia como en Filología. Era una de nuestras pocas glorias nacionales y eso todos lo sabíamos. Libros suyos como «La España del Cid» constituían un verdadero gozo para aquel joven estudiante que se quería empapar en lo mejor de nuestra historia; un joven estudiante que sentía también una atracción particular por la poesía popular; así que, entre los pocos libros que sus escasos recursos le pemitían comprar, estaba uno verdaderamente antológico: «Flor nueva de romances viejos».

Yo tuve la fortuna de conocer, muchos años después, a don Ramón.

Corría el año de 1964; un año significativo porque el gran mestro cumplía los 95 años, manteniendo su gran magisterio con plena lucidez. Y quise rendirle mi homenaje personal, el de un modesto profesor, pero desde luego entusiasta y sincero.

Por entonces yo estaba encargado de escribir la sección de Cultura de una revista que dirigía don Manuel Lora Tamayo: «Las Ciencias». Y aproveché la oportunidad para dedicar una de sus crónicas al gran maestro, rindiéndole así mi homenaje. Y como no quedé descontento de lo conseguido, decidí que bien merecía la pena entregárselo al propio homenajeado.

¡Qué oportunidad para conocer a don Ramón!

Era por el mes de mayo de 1964. Don Ramón vivía en un chalé a las afueras de Madrid, por encima de la calle Serrano. Creo que entonces la calle se llamaba Cuesta del Zarzal.

En todo caso, era un chalé alejado del bullicio de la gran ciudad, que además tenía un hermoso jardín.

Don Ramón me recibió en su despacho cuyo balconaje daba precisamente a aquel jardín.

Recuerdo que le comenté: «¡Qué hermoso jardín! ¡Qué delicia pasearse por él en cualquier hora del día!»

Y ante mi sorpresa, me contestó: «Pero no para mí. Yo no tengo tiempo para tales cosas. El jardín es bueno para mis nietos». O acaso dijo: «Para mis biznietos», que tan cargado de años estaba.

Fue entonces cuando tuve la fortuna de trabajar a su lado, porque yo había terminado mi libro sobre Carlos V, que formaría parte de la «Historia de España», publicada por Espasa-Calpe, que dirigía don Ramón. Y el gran sabio estaba muy interesado en escribir el prólogo. Es más, lo tenía ya bien avanzado, así que fue fácil iniciar una relación intelectual. Don Ramón me confiaba que corrigiera las galeradas y de cuando en cuando intercambiaba conmigo los juicios sobre la última biografía carolina aparecida.

Aquel verano, don Ramón concluyó su prólogo carolino, que a mi parecer constituye uno de sus mejores estudios históricos.

Y lo que es ya un recuerdo imborrable: aquel departir con el maestro sobre nuestro pasado en la intimidad de su despacho. E incluso la imagen impresionante del joven-anciano subiendo ágilmente por la escalera que llevaba al segundo tramo de su biblioteca para traer cualquier libro y seguir comentando alguno de sus pasajes.

Admirable don Ramón.

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