Diego Catalán, La épica española. Nueva documentación y nueva evaluación, Fundación Ramón Menéndez Pidal-Seminario Menéndez Pidal, Universidad Complutense de Madrid, Madrid, 2000.

¿Se cantó por primera vez el Mio Cid en 1144 con ocasión de las bodas de un rey navarro con una infanta castellana? Y si así fue, ¿había memorizado el juglar un texto o componía sobre la marcha? ¿Seguía una tradición literaria ya establecida o daba luz en ese instante a un género hasta entonces no cultivado en la Península? Y al hacerlo, ¿imitaba la épica de origen franco o seguía una tradición autóctona hispánica? ¿En qué medida se alejaban los moldes formales y temáticos del género de los de la Chanson de Roland? La respuesta a estas cuestiones ha hecho correr ríos de tinta y ha dado lugar a todo tipo de opiniones, algunas de lo más peregrino (desde atribuir origen árabe al Mio Cid a pensar que fue obra erudita de un notario de Burgos). Semejante controversia tiene mucho que ver con el hecho de que sólo se nos han conservado dos textos en forma versificada, el poema de Mio Cid y el fragmento de Roncesvalles.

Este estudio de Diego Catalán viene a colocar las cosas en su sitio. Escrito en un tono ameno y didáctico (que no presupone un dominio del tema propio de especialistas), es, sin embargo, el producto de una indagación en la que fructifican, con resultados asombrosos, todos los conocimientos adquiridos a lo largo de más de cincuenta años de investigación sobre dos campos, la historiografía medieval y el romancero oral hispánicos. Catalán, al examinar todos los testimonios cronísticos que beben de fuentes épicas, no sólo pone ante nuestros ojos las pruebas irrefutables de la existencia del género, sino que nos enseña a entender cómo esas fuentes fueron manipuladas para adaptarse a la mentalidad y a la técnica historiográfica de cada historiador. Ese análisis le permite discriminar lo poético de aquello que no lo es. Y también lo que es o no "histórico". Porque una de las grandes novedades de este libro es la superación de un viejo prejuicio de la escuela pidalina: el de creer en el valor "histórico" de la epopeya o de los relatos cronísticos. Si algo nos enseña Diego Catalán es que el valor "histórico" que debemos conceder a esos testimonios no es otro del que tienen como construcciones literarias al servicio de intereses o preocupaciones de personajes o grupos sociales. El análisis de los testimonios antiguos se completa con el de los modernos y contemporáneos, sección en que aprendemos qué de tradicional y "viejo" nos conservan los romances de transmisión oral.

Tras esta revisión, la épica hispana aparece ante nuestros ojos como un género que disfrutó de notable vitalidad y del aprecio general de la Edad Media española. Aunque surgida probablemente a imitación de o por contacto con la épica transpirenaica, desarrolló desde el principio rasgos formales y temas exclusivamente hispanos, entre los que destacan los conflictos de tipo jurídico o ético-político entre grupos sociales. Las páginas centrales del libro, que exponen de forma clara y sucinta las características de la épica española y sus principales diferencias con otras escuelas de épica románica, o las dedicadas al Poema de Mio Cid, al ciclo cidiano y al Roncesvalles hispánico, serán a partir de ahora de lectura obligada no sólo para especialistas sino para cualquier filólogo o persona cultivada en general.

Inés Fernández-Ordóñez
Reseña publicada en El País-Babelia, 23 de marzo de 2002, pág. 9

El libro reseñado puede leerse on line a través de este enlace al blog de Diego Catalán.

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