Menéndez Pidal y la renovación de la historiografía,
por José Antonio Maravall (1959)

Al celebrar los noventa años de nuestro gran historiador don Ramón Menéndez Pidal, tal vez lo más sorprendente y admirable que en su obra podamos señalar sea que ésta es hoy más actual que nunca. No está ante nosotros esa obra como un monumento acabado y en lejanía, sino que se teje con nuestro presente intelectual y científico, de manera tal que hoy en España trabajar sobre determinadas áreas de la Historia, y aún de otras ciencias afines, supone, precisamente si se quiere contar con la actualidad, hacerse cuestión de la obra de Menéndez Pidal, tal como sigue desenvolviéndose día tras día, con una continuidad de objetivos, de métodos y de realizaciones que tal vez no tenga igual.

Resulta que esa obra, cuyos frutos maduros se iniciaron hace ya cerca de setenta años con La leyenda de los Infantes de Lara, es cada día más citada por investigadores de nuevos campos, en los cuales se extiende, constantemente en progresión, el interés por los trabajos y las teorías de Menéndez Pidal. Hace todavía treinta años su nombre aparecía en general a la gente como el de un gran sabio filólogo, ejemplar justamente en su especialidad, difícil de abordar, inaccesible casi para los que no entraban en aquélla. Sin embargo, no sólo el historiador y el lingüista, sino también el jurista, el político, el sociólogo, el filósofo, le estudian hoy. De ese modo su nombre y sus libros aparecen citados cada vez más y en campos más amplios de la actividad científica. Ello no depende de que el crecimiento extensivo de la producción científica de tan ilustre maestro haya traído como consecuencia su aproximación a esos otros campos de actividad intelectual. Su repercusión e influencia se deben a internas condiciones de la obra; esto es, de un lado a la concepción de la ciencia, y más específicamente, de la ciencia histórica que en aquélla se manifiesta y de otro lado, a las rigurosas y eficaces aplicaciones de esa concepción, las cuales ofrecen un interés muy actual.

Un hecho que merece la pena ser observado es el de que precisamente el nombre de quien entre nosotros aparecía como ejemplar máximo del sabio especialista y alejado se haya convertido en un escritor de gran público sin más que dejar pasar algún tiempo. Esos libros y trabajos de Menéndez Pidal que tan ampliamente se están difundiendo en estos años son los mismos que empezaron publicándose en ediciones muy especializadas. Ya poco después de 1930, en una colección de libros de ensayos apareció un volumen de Menéndez Pidal sobre El Romancero, teorías e investigaciones. El volumen fue leído por un público muy amplio. Sin embargo, los escritos en él reunidos no eran ensayos ni escritos fáciles. ¿Qué es lo que a un público indiferenciado pudo interesar en un libro que, si era de Historia, nada tenía que ver con la Historia que se daba en el mercado editorial común? Pero, es más, de veinte años a esta parte, Menéndez Pidal se ha convertido en el autor más abundantemente representado, y aun más reeditado, en una colección popular muy difundida: figuran en ella dieciocho títulos suyos de Historia, de Historia literaria, de Historia de la lengua, de Historia de ideas, etc.; esto es, de una serie de ma-terias reunidas bajo la rúbrica general de la Historia. Cabe entonces suponer que los miles y miles de lectores de esos títulos buscan hoy lo que desde hace años buscaban y hallaban en la obra de Menéndez Pidal los especialistas, cualquiera que sea el matiz que los diferencie. Sencillamente esto: una nueva concepción de la Historia, la cual transforma profundamente la visión de los temas históricos que al presente interesan.

I. TEORIÁ DE LA CIENCIA HISTÓRICA

No cabe duda de qua en los últimos decenios ha tenido lugar en España una renovación profunda de la Historiografía. En primer lugar por la utilización de nuevos y más depurados materiales; en segundo lugar, por la adopción de nuevos puntos de vista. Esto último es lo importante y lo decisivo para el desenvolvimiento de la escuela histórica española. Y en uno y otro aspecto, esa renovación deriva de la obra y la enseñanza de Menéndez Pidal, aunque sobre todo la influencia a él imputable haya sido la de la renovación de los puntos de vista y de los problemas. Unos materiales más o menos no cambian nada; a lo sumo, algún dato parcial. Lo que transforma un panorama científico es disponer de nuevos problemas, de nuevas ideas, de nuevos puntos de vista, de nuevas hipótesis interpretativas que ensanchen el horizonte y permitan dar entrada en la visión a zonas hasta entonces no contempladas(1). Los materiales nuevos y también tantos otros aspectos que en documentos ya conocidos no han sido vistos, sólo se hacen visibles, sólo adquieren relevancia desde nuevos supuestos teóricos.

La influencia da Menéndez Pidal en el aspecto básico de la renovación de nuestra historiografía es, a nuestro parecer, la de máxima importancia. Un libro de Historia, en España, y más si es sobre. Historia de España, se diferencia de otros cuando resulta posterior a la difusión de la obra pidaliana, y esto aunque la influencia suya no aparezca inmediata, porque esa influencia está ya en el ambiente. La diferencia entre unos libros y otros a ese respecto está tanto en lo que se entiende por Historia como en los problemas e interpretaciones que se formulan en relación con el pasado español. Relativamente a esto último, el nombre de Menéndez Pidal adquiere el valor de rotular una nueva etapa en el desarrollo de nuestra concepción histórica nacional, cuya línea, arrancando de San Isidoro, signe con Jiménez de Rada y Alfonso X, con el P, Mariana, con Cánovas y termina con Menéndez Pidal.

Al cambio en la manera de entender la Historia se liga el cambio en la manera de hacer Historia de España que él ha traído, y también el cambio que en relación a esta última se ha producido entre los investigadores y científicos extranjeros. A Menéndez Pidal se debe que los estudios sobre materia tan decisivamente histórica como la de nuestra épica tomen un aspecto universal y en sus problemas se ocupen ahora franceses, alemanes, italianos, americanos del norte, etc., etc., aplicando categorías y puntos de vista sacados del estudio de la épica española y propuestos muy tempranamente por aquél(2). Dámaso Alonso, con su autoridad en la materia, reconoce que a Menéndez Pidal «le estaba reservado el derribar la barrera que nos aislaba de los métodos científicos conquistados en el último tercio del siglo XIX. Así, sólo un positivo y exacto método histórico y filológico es lo que hace posible su primera gran obra». Pero algo más adelante, Dámaso Alonso añade unas palabras que tienen para nosotros especial interés: «Cuando un trabajador emplea estos métodos a lo largo de los años, forzosamente el terreno se le va cuajando de tal modo que ha de llegar a la formulación de teorías generales que expliquen como sistema el vasto panorama descubierto(3)». Mas si tratamos de desarrollar lo que Dámaso Alonso expresa bajo la metáfora del terreno que cuaja, hallaremos que io que eso significa es que en Menéndez Pidal se daban desde el comienzo dos métodos: un método de investigación que le permite descubrir y depurar nuevos datos, y un método de construcción que hace posible la elaboración inteligible y teórica de estos datos. Ambos están presentes desde el comienzo en su obra; no hay manera de investigar datos si no se sabe previamente para qué son dados; no hay manera de construir si no se tienen materiales. Lo que acontece es que, naturalmente, en los comienzos la labor de acopio y depuración de materiales predomina. Pero como en la ciencia española yo me atrevería a decir que de lo que ha sufrido siempre ha sido de raquitismo teórico —y raquítica es también la teoría que no se apoya en el suelo fecundo de los datos—, resulta que lo que de verdaderamente extraordinario había desde el primer momento en la obra de Menández Pidal, frente al enteco positivismo  -o, mejor, pseudopositivismo de entonces y de después—, era precisamente la teoría. (Piénsese en la diferencia a este respecto entre el erudito Menéndez Pelayo y el científico Menéndez Pidal). Con el tiempo, ese método de construcción que es el que define la ciencia, ha tomado la primacía en la obra de nuestro gran historiador, y el enriquecimiento teórico de la misma ha hecho cambiar la faz de la Historia que él nos ha dado. Tal es la causa de que desde esa obra haya podido irradiar luz a campos tan extensos y diferentes y de que hoy su influencia aparezca por todas partes. Todo el que en nuestro tiempo trabaja en Historia ha de contar con la obra de Menéndez Pidal. Ea primer lugar porque es seguro que tendrá que manejar textos estudiados y publicados por él —en relación con los cuales hay que observar no sólo el rigor de sus ediciones, sino el carácter importante de tales textos ya que la «importancia» en Historia es una categoría fundamental, cosa que se olvida por tantos que se ocupan en reeditar lo que no tiene valor alguno. Pero lo interesante es que hoy todo aquel que hace Historia, en cualquier campo que sea, tiene que manejar categorías acuñadas por Menéndez Pidal —«tradicionalidad», «arcaísmo», «anonimía», etc.—y tiene que enfrentarse con interpretaciones suyas sobre el mozarabismo, sobre la idea imperial leonesa, sobre la comedia española, etc. Y esto es lo que fundamentalmente cuenta y lo que confiere a la obra de Menéndez Pidal su gran fuerza expansiva.

 

(continuará...)

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